La moral que se ajusta entre la inflación y el feed
El domingo a la tarde, en la mesa del living después del asado, la conversación derivó de la carne dura a la escuela de los chicos. No era la plata para la cuota, eso ya se daba por perdido. Era la charla que tuvo mi sobrino de quince años con el preceptor. Le habían pedido que definiera, para un trabajo práctico, qué era la dignidad. El pibe, que pasa más horas negociando con algoritmos que con personas, se encogió de hombros. Dijo que era un concepto abstracto, que en la práctica cada uno hacía lo que podía. Su viejo, mi hermano, que se partió el lomo treinta años en una fábrica que quebró, no supo qué responderle. Se quedó mirando el mantel manchado de salsa, como si la respuesta estuviera escondida entre los hilos.
Esa es la grieta que no aparece en los discursos políticos, la que no se mide en puntos del índice de pobreza. Es el desajuste entre un manual de moral que heredamos, lleno de certezas sobre el trabajo, el mérito y la verdad, y un país donde esas palabras suenan a chiste de humor negro. La clase media argentina, esa que se creyó el cuento del progreso a fuerza de estudio y esfuerzo, navega ahora sin brújula. La brújula se la comió la inflación, la desconfió la inseguridad, la hackearon las redes sociales y la desarmó, pieza por pieza, la sensación de que el juego está arreglado desde antes de nacer.
El mérito en la era del algoritmo
Antes, la ecuación era sencilla, o al menos nos la vendieron así. Estudio más esfuerzo más honradez, igual a futuro estable. Era una promesa con olor a libro nuevo y a naftalina. Hoy, esa ecuación la resuelve una inteligencia artificial en segundos, y no da un resultado humano. El pibe que estudia programación a los dos clicks tiene un trabajo remoto en dólares. El que se rompió la espalda en una carrera tradicional, reparte pedidos de apps. ¿Dónde queda el mérito en este laberinto? Se transformó en otra cosa, en un capital de contactos, en la habilidad para venderse en LinkedIn, en la suerte de nacer en un código postal que el algoritmo no castiga.
El Estado, ese actor que en el relato clásico debía ser el gran igualador, se volvió un fantasma inasible. A veces es una burocracia kafkiana que te niega un turno. Otras, un depredador que te succiona con impuestos para pagar una deuda que nadie pidió. Ya no es el faro, es la tormenta. Y en medio de ese mar picado, la familia intenta ser el último puerto. Pero es un puerto con las tablas podridas, donde las conversaciones giran en torno a cómo estirar la plata, a qué pariente le va a tocar ayudar a cuál, a qué verdad incómoda hay que callar para no sumar otra pelea a la que ya hay por la herencia o la política.
La verdad es un trending topic
La manipulación ya no llega solo en un diario o en un discurso de cadena nacional. Es más sofisticada, personalizada. Llega en el feed de Instagram, en el grupo de vecinos de WhatsApp, en el video de un influencer que te explica la economía mejor que cualquier profesor universitario. Hay tantas verdades como burbujas de consumo informativo. La polarización no es solo política, es identitaria. Te define qué memes compartís, a quién seguís, qué indignación expresás. La memoria, esa que fue un campo de batalla por décadas, ahora es un archivo digital que se puede editar. El pasado es maleable, un relato más en la guerra por la atención.
Y en el centro de este huracán, la soledad. Es paradójico. Nunca estuvimos tan conectados, nunca tuvimos tantas herramientas para gritar quiénes somos. Y sin embargo, la sensación de vacío crece en los departamentos de dos ambientes, en las horas muertas después del trabajo remoto, en la mirada perdida en la pantalla del subte. Se consume identidad en paquetes: la ropa, la música, la serie que vemos, la postura que adoptamos en redes. Todo es un producto para construir una imagen de quiénes somos, o de quiénes queremos que crean que somos. La dignidad, entonces, se reduce a veces a un acto de resistencia mínima: pagar las cuentas a tiempo, no pedir plata prestada, mantener las apariencias en la vereda del barrio.
La cultura del esfuerzo no murió, se mutó. Ahora el esfuerzo es aguantar. Es levantarse todos los días a remar contra una corriente que te quiere arrastrar. Es educar a los hijos en valores que el mundo afuera se encarga de poner en duda a cada rato. Es intentar mantener un núcleo de coherencia cuando todo a tu alrededor te invita al sálvese quien pueda, al atajo, al relato fácil. La juventud lo ve con una claridad que a los mayores nos aterra. Ellos no cargan con la mochila pesada de la promesa incumplida. Nacieron en la crisis, son hijos de la incertidumbre. Su moral se está escribiendo en tiempo real, en el chat, en la cancha, en la fila para una entrevista de trabajo que puede ser una estafa.
Al final, quizás la nueva moral argentina no sea un conjunto de principios grandilocuentes. Sea algo más modesto, más terrenal. La decisión de no mentir en una factura aunque todos lo hagan. La paciencia para explicarle por enésima vez al abuelo que no todo lo que llega por WhatsApp es cierto. El gesto de ayudar a un vecino sin esperar nada a cambio, solo porque toca. En un país donde los grandes relatos se hicieron trizas, lo único que queda en pie, a veces, es la ética del gesto mínimo. La que se practica en silencio, lejos de los reflectores de las redes y de los discursos del poder. Esa es la trinchera que no aparece en los titulares. La que se defiende todos los días, con las uñas, en el living de una casa de clase media que todavía intenta creer en algo.
