Artículo y ensayo

La soledad que se comparte en las pantallas vacías

En los departamentos de clase media, donde las familias se reúnen frente a dispositivos que no miran a nadie, la conexión permanente esconde un vacío que la política no nombra.

La soledad que se comparte en las pantallas vacías

La soledad que se comparte en las pantallas vacías

El televisor está encendido en el living, pero nadie lo mira. El padre revisa el celular buscando noticias sobre el dólar, la madre scrollea ofertas de supermercado en la tablet, el hijo adolescente responde memes en un grupo de WhatsApp mientras tiene un video de YouTube en segundo plano. Están los tres en el mismo sofá, a cuarenta centímetros de distancia, separados por pantallas que prometieron conectarlos con el mundo. La paradoja es tan obvia que ya ni siquiera se nota: la hiperconexión fabrica una nueva soledad, colectiva, compartida, aceptada como el precio natural de estar informados.

Argentina siempre tuvo sus fantasmas, pero este es distinto. No hace ruido, no se mide en índices de pobreza, no aparece en los discursos de campaña. Es la soledad del que está rodeado de gente, del que tiene trabajo pero siente que su esfuerzo no construye nada, del que vive en familia pero no conversa de nada que no sea logística doméstica. La inflación no solo licúa salarios, también erosiona la paciencia necesaria para escuchar al otro. Cuando cada día es una carrera por llegar a fin de mes, el tiempo para lo humano se vuelve un lujo.

El Estado que se retira y las pantallas que llegan

Hubo un momento, no tan lejano, en que la clase media argentina confiaba en ciertas estructuras. La escuela pública, el club del barrio, la parroquia, el sindicato. Eran lugares físicos donde se tejía un sentido de pertenencia, donde se discutía el país entre mates, donde la identidad se construía en contacto con el otro, con su olor a transpiración y su manera de gesticular. Esas instituciones se fueron desmoronando, algunas por abandono del Estado, otras por desinterés, todas por esa crisis lenta y persistente que cambia los hábitos antes que las ideas.

El vacío lo ocuparon las pantallas. Primero fue la televisión por cable, con su promesa de mundo infinito. Después internet, las redes sociales, las plataformas. La tecnología llegó como una solución, como un puente hacia afuera cuando adentro empezaba a faltar el aire. Nadie planeó que terminaría siendo también un muro. La política habla de conectividad, de fibra óptica, de inclusión digital. Son palabras grandilocuentes que esconden una pregunta incómoda: ¿conectividad para qué? ¿Para consumir más, para trabajar más horas, para distraerse de la angustia cotidiana?

En las cocinas de los departamentos, mientras se calienta la comida precongelada, las conversaciones giran en círculos viciosos. La inseguridad, los precios, la desconfianza en todo lo que huela a poder. Son monólogos que se superponen, no diálogos. Cada uno lleva su carga de frustración, su relato personal de cómo el país lo decepcionó. La polarización no es solo un fenómeno político, es un estado de ánimo. Se filtra en las charlas familiares, en los grupos de padres del colegio, en los comentarios de las noticias. Divide al mundo entre los que piensan como uno y los idiotas, entre los honestos y los chorros, entre los que se esfuerzan y los que viven de arriba.

El trabajo que ya no dignifica

El abuelo guardaba en una caja de zapatos los recibos de sueldo de toda la vida. Eran papeles que certificaban algo más que un pago: años de puntualidad, de aportes, de pertenencia a algo. Su hijo, el que ahora mira el celular en el sofá, tiene una relación distinta con el trabajo. Es freelance, monotributista, hace changas, vende cosas por MercadoLibre. Su currículum es una lista de proyectos discontinuos, de empresas que quebraron, de promesas incumplidas. El mérito, esa palabra que los políticos usan como un fetiche, le suena a chiste. Se esfuerza el triple que su padre para vivir la mitad de bien.

La inteligencia artificial asoma como la próxima gran amenaza, o la próxima gran promesa, según quién lo diga. En los medios la presentan como una revolución, pero en la clase media suena a otro motivo de incertidumbre. ¿Servirá para aliviar la carga o para reemplazar trabajos? La discusión es abstracta, lejana. Lo concreto es el presente: un laburo que no alcanza, una profesión que se desvaloriza, una sensación de que el futuro se achica mes a mes. La dignidad, antes asociada al oficio, al saber hacer algo con las manos o con la cabeza, ahora se negocia en la urgencia. Digno es lo que paga las cuentas, aunque haya que morder el orgullo.

Las redes sociales, en este paisaje, funcionan como un espejo deformante. Muestran vidas exitosas, viajes, logros. La comparación es inevitable y tóxica. La soledad se potencia cuando uno cree que es el único que no llega, el único que tiene dudas, el único que mira la pantalla vacía sin saber muy bien qué busca. La cultura del consumo, alimentada por algoritmos que estudian cada clic, convierte el deseo en ansiedad permanente. Querer lo que no se tiene ya no es un motor, es una condena.

La memoria, en medio de este ruido, se vuelve selectiva. Se recuerda lo malo con lujo de detalles, lo bueno se idealiza hasta perder realidad. Los jóvenes, los que nacieron con un celular en la mano, tienen una relación extraña con el pasado. Para ellos la crisis no es una anomalía, es el estado natural de las cosas. No extrañan lo que no vivieron. Su identidad se arma en tiempo real, con retazos de series, de música, de tendencias globales que llegan filtradas por algoritmos. La Argentina es un dato más en su biografía, no siempre el más importante.

Lo que no se dice en voz alta

Lo más llamativo de esta soledad compartida es su silencio. No se habla de ella en las reuniones, no es tema de análisis en los medios serios, no genera marchas ni protestas. Se manifiesta en síntomas: el aumento del consumo de ansiolíticos, las horas de pantalla, la dificultad para concentrarse, la irritabilidad que estalla por nimiedades. La familia, esa institución que resistió todas las crisis, ahora está sometida a una presión distinta. Ya no se trata solo de poner el plato en la mesa, sino de ofrecer un sentido, un refugio emocional en un mundo hostil. Muchas veces no da abasto.

La manipulación, en este contexto, ya no necesita ser burda. Basta con alimentar el ruido, con saturar de información contradictoria, con convertir cada debate en una pulseada tribal. La verdad se vuelve relativa no por filosofía, sino por cansancio. Cuando todo es urgente, nada es importante. Cuando todas las voces gritan, la única reacción posible es apagar el sonido.

Al final del día, el padre del sofá apaga el televisor. Los tres se retiran a sus cuartos, cada uno con su dispositivo. La casa queda en silencio, iluminada por el brillo azulado de las pantallas que siguen encendidas. Afuera, la ciudad late con su ritmo de sirena y motor. Adentro, la soledad se hace tangible, pero ya nadie tiene energía para nombrarla. Mañana será otro día de carreras, de noticias alarmantes, de precios que suben, de conversaciones truncas. La conexión seguirá ahí, al alcance de la mano, prometiendo un mundo que nunca termina de llegar. Y en el living vacío, el sofá guarda el molde de tres cuerpos que estuvieron juntos, pero no se encontraron.

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