La soledad del que mira el celular
El otro día vi a un tipo en un bar de Palermo. Tenía el teléfono apoyado contra la botella de cerveza, como si fuera un amigo más. Miraba la pantalla, miraba la calle, volvía a la pantalla. Nadie lo esperaba en su casa, eso se notaba. Pero él sonreía de vez en cuando, como si hubiera recibido un mensaje importante. No sé si lo había recibido. La sonrisa era automática, como la de la gente que camina por la calle con auriculares y habla sola.
La soledad en Argentina tiene forma de clase media. No es la soledad del que vive solo, sino la del que está rodeado de gente y no encuentra con quién hablar de lo que duele. La inflación licuó los sueldos, pero también licuó las charlas de café. Antes uno se quejaba del precio del pan con el almacenero. Ahora el almacenero te pasa el QR y ya está. No hay tiempo para el comentario, para el chiste, para el „viste cómo está todo". El consumo se volvió un trámite. La familia se junta alrededor de la tele y cada uno mira su celular. La cena se come en silencio, salvo cuando alguien dice „pasame la sal" y el otro la pasa sin mirar.
Hay una película de los ochenta, no me acuerdo el nombre, donde un tipo se compra un robot para que lo acompañe a cenar. Acá no hace falta robot. El celular cumple esa función. Te saluda, te muestra fotos de gente que no conocés, te dice que fulanito está de viaje, que menganita se compró un auto. Y uno se siente parte de algo, aunque sea parte de una lista de contactos que no contesta cuando llamás. Porque llamar ya no se usa. Llamar es invasivo, dicen. Mejor un mensaje de voz, que se escucha cuando se pueda. Y así se va armando una red de silencios.
La política entiende esto mejor que nadie. Los discursos ya no se pronuncian en las plazas. Se tuitean, se suben a Instagram, se replican en grupos de WhatsApp donde tu tío comparte noticias falsas y tu prima responde con un emoji de corazón. La verdad se volvió una mercancía que se vende por likes. La manipulación es el nuevo oficio. Hay gente que labura de eso, de armar relatos que se ajusten a lo que cada uno quiere escuchar. Y la clase media compra. Compra el relato de que el mérito individual todo lo puede, aunque después no llegue a fin de mes. Compra la idea de que el Estado es un estorbo, aunque después reclame subsidios. Compra la ilusión de que el consumo define quién es, aunque la tarjeta esté al límite.
Los pibes, los jóvenes, los que nacieron con internet bajo el brazo, ya no saben lo que es esperar. Esperar el colectivo, esperar que te devuelvan un llamado, esperar a que el panadero termine de hornear. Todo es ahora, todo es inmediato. La inteligencia artificial les promete respuestas sin esfuerzo. Les promete una foto perfecta, un texto perfecto, una vida perfecta. Pero la vida real es imperfecta, es ruidosa, es imprevisible. Y cuando la realidad no coincide con el filtro, viene la angustia. La soledad de no estar a la altura. La soledad de no ser el que muestran las redes.
La memoria también se resiente. No hay tiempo para recordar. El teléfono guarda todo: las fotos, los mensajes, los cumpleaños. Uno ya no necesita acordarse. El celular se acuerda por vos. Y así, sin ejercitarla, la memoria se atrofia. Uno se olvida del nombre del profesor del secundario, pero recuerda el número de seguidores de un influencer. La identidad se construye con likes y se destruye con un comentario negativo. La moral se negocia en cada publicación. ¿Subo esto? ¿No lo subo? ¿Qué van a pensar? Y así, la vida se convierte en un espectáculo permanente, donde el público es invisible pero siempre está ahí, juzgando.
En la calle, la inseguridad no es solo la del asalto. Es la inseguridad de no saber si el otro es real. Si el perfil que ves es verdadero o es una construcción. Si la persona que te escribe es la que dice ser. La polarización política se cuela en las conversaciones de ascensor, en los grupos de padres del colegio, en las reuniones de trabajo. Ya no se discuten ideas; se discuten identidades. Y si no pensás como yo, no solo estás equivocado: sos un enemigo. La grieta se come la mesa, se come el asado del domingo, se come la posibilidad de acordar en algo tan básico como que la inflación no es culpa del almacenero.
La dignidad, en este contexto, es un acto de resistencia. Dignidad es apagar el teléfono una hora al día. Dignidad es mirar a los ojos cuando hablás. Dignidad es decir „no sé" cuando no sabés. Dignidad es no comprar el relato de que la felicidad se mide en consumo. Pero la dignidad cansa. Y la clase media está cansada. Cansada de ajustar, de calcular, de sonreír cuando no tiene ganas. Cansada de que le digan que el esfuerzo es la clave, cuando el esfuerzo no alcanza.
El otro día, en el mismo bar, el tipo del teléfono levantó la vista. Vio a una mujer que entraba con un perro. El perro movía la cola. El tipo sonrió, pero no le sonrió a la mujer. Le sonrió al perro. Después volvió a mirar la pantalla. El perro siguió moviendo la cola, pero el tipo ya no lo vio. La soledad es eso. No estar solo. Estar rodeado de pantallas y no ver a nadie.
