Artículo y ensayo

La soledad del que mira la grieta desde afuera

En los balcones de los departamentos y en las mesas de los bares, una parte de la clase media argentina observa la polarización como quien mira una pelea ajena. Ya no elige bandos, sino que calcula distancias.

La soledad del que mira la grieta desde afuera

La soledad del que mira la grieta desde afuera

El hombre del tercer piso sale al balcón a fumar un cigarrillo. Abajo, en la calle, pasan dos marchas. Van en direcciones opuestas, llevan banderas diferentes, corean consignas que se anulan entre sí. Él exhala el humo y mira, sin bajar la vista al celular. No graba, no comparte, no comenta. Sólo observa, con una curiosidad que ya no tiene urgencia. Cuando termina el cigarrillo, vuelve adentro. La pelea sigue en la calle, pero él ha decidido no ser parte del paisaje.

Esta soledad no es la del que se queda sin compañía, sino la del que elige no acompañar. En los últimos años, una franja de la clase media argentina ha ido retirándose de la escena pública no por indiferencia, sino por cansancio estratégico. La polarización exige adhesiones totales, relatos cerrados, enemigos claros. Y ellos, los que miran desde el balcón, han descubierto que esa guerra no les deja nada, excepto más deuda emocional.

El mérito en la era del algoritmo

En el trabajo, las reglas también cambiaron. La promesa del progreso por esfuerzo, ese credo de la clase media tradicional, se topa con realidades nuevas. Un ingeniero de sistemas de cuarenta años explica que ya no compite con otros ingenieros, compite con una inteligencia artificial que no duerme, no pide aumento y no se sindicaliza. Su mérito, dice, ahora se mide por su capacidad de convivir con máquinas que aprenden solas. La dignidad del trabajo ya no está en el horario cumplido, sino en no ser reemplazable.

Los más jóvenes navegan este territorio con otra brújula. Para ellos, la educación formal es un trámite, un papel necesario pero insuficiente. Aprenden lo que sirve en tutoriales de YouTube, arman carreras en plataformas globales, construyen identidades profesionales que no dependen de un país. Su mérito es la adaptación constante. No aspiran a la estabilidad, porque saben que no existe. Aspiran a no quedarse quietos.

Mientras tanto, en las casas, las conversaciones sobre el futuro tienen un tono nuevo. Ya no se habla de comprar un auto o ampliar la vivienda. Se habla de cómo llegar a fin de mes sin perder la cordura. La inflación no es sólo un número, es una experiencia sensorial: el tacto de los billetes que se gastan rápido, el sonido de la caja registradora en el supermercado, la vista de los precios que cambian como subtítulos mal sincronizados.

Las versiones de la verdad

Los medios tradicionales perdieron el monopolio del relato, pero las redes sociales no lo ganaron. Lo fragmentaron en pedazos tan pequeños que ya no se puede armar un rompecabezas completo. Cada usuario tiene su verdad a medida, su algoritmo personalizado de realidad. La manipulación ya no es grosera, es sutil: no te mienten, te muestran sólo una parte.

El Estado, ese actor que durante décadas definió destinos, ahora es percibido como una fuerza lejana, a veces hostil, casi siempre incomprensible. No se lo espera como salvador, se lo tolera como un mal necesario. La política se vive como un espectáculo que otros miran con pasión, pero que desde el balcón del tercer piso parece una función que ya no emociona.

En este contexto, la familia muta. Ya no es el refugio seguro contra el mundo exterior, porque el mundo exterior se cuela por las pantallas. Los hijos discuten con los padres no por ideología, sino por lenguaje: hablan dialectos diferentes de un mismo idioma roto. La soledad no es física, es de código. Estás acompañado en la mesa, pero solo en tu cabeza.

La memoria como carga y salvación

La clase media argentina carga con una memoria pesada. Recuerda épocas mejores, pero ese recuerdo ya no es nostalgia, es un dato de la ecuación. Sabe que el consumo no era sólo comprar, era un lenguaje, una forma de decir quién eras. Ahora el consumo es cálculo puro, supervivencia matemática. La dignidad se mide en otras unidades: en no pedir prestado, en no humillarse, en mantener cierto decoro aunque las paredes se descascaren.

La cultura, esa palabra grande, se ha vuelto doméstica. No se va al teatro, se mira una serie. No se compra un libro, se baja un PDF. No se discute de filosofía, se comparten memes que resumen ideas complejas en tres imágenes. Es una cultura de consumo rápido, digestión inmediata, olvido programado.

Y sin embargo, en medio de este paisaje, persiste algo que no tiene nombre fácil. No es esperanza, no es resignación. Es más bien una terquedad silenciosa, la decisión de seguir mirando desde el balcón sin bajar a la pelea, pero sin dejar de observar. De mantener una identidad que no se define por lo que grita en la plaza, sino por lo que calla en privado.

El hombre del tercer piso apaga la luz. Afuera, las marchas han terminado, la calle está vacía. Quedan algunos papeles tirados, restos de consignas que mañana barrerá el viento. Él no sabe qué pasará, pero ha decidido una cosa: mañana volverá al balcón. No para elegir un bando, sino para recordar que existe un lugar desde donde se ven ambos lados de la grieta, y ese lugar, aunque sea solitario, todavía es suyo.

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