La soledad que se comparte en la pantalla
El silencio en un departamento de clase media tiene un peso distinto a las cinco de la tarde. No es el silencio del descanso, sino el de la espera. Afuera, la ciudad murmura. Adentro, la pantalla del celular ilumina una cara. Hay notificaciones, mensajes, reels que pasan uno tras otro. Hay una conexión feroz con un mundo abstracto y una desconexión palpable de la silla vacía al lado. La paradoja es vieja, pero en la Argentina de la crisis perpetua, la inflación que carcome el sueldo y la inseguridad que modifica los hábitos, esa soledad se volvió un estado civil. No se declara, se sobrelleva.
El relato personal en la era del algoritmo
Antes, la identidad se tejía en el barrio, en la familia extendida, en la fábrica o la oficina. Hoy, para una porción enorme de la clase media, se escribe en las redes sociales. Es un acto de creación y de supervivencia. Se publica el almuerzo, el logro mínimo, la queja contra el poder de turno. No es frivolidad. Es la necesidad desesperada de darle forma a una existencia que el Estado, el trabajo precario y la economía en caída libre se empeñan en volver amorfa. El mérito ya no es ascender, es mostrarse entero, digno, a pesar de todo. La verdad de cada uno se negocia en likes y comentarios solidarios. Es una moral de trinchera digital.
La política, ese ruido de fondo que ya no convoca, entendió el juego. Los medios tradicionales, tambaleantes, también. Ahora el poder se ejerce manipulando ese deseo íntimo de pertenencia. Se ofrecen enemigos claros, relatos simples que explican la complejidad insoportable. La polarización no es solo ideológica, es emocional. Divide las mesas familiares, sí, pero sobre todo divide el tiempo y la atención. Mientras se discute con un extraño en Twitter sobre quién tiene la culpa de la deuda, no se piensa en la factura que vence mañana. Es un alivio perverso.
El trabajo que ya no estructura el día
El empleo estable, ese que daba horarios, rutina y un lugar en el mundo, es un recuerdo para muchos. Lo reemplazó el laburo, con v de voltaje: changas, proyectos freelance, emprendimientos que son poco más que un perfil de Instagram. La juventud educada, a veces sobreeducada, navega este mar de incertidumbre con una sonrisa forzada en LinkedIn. La inteligencia artificial asoma como la próxima promesa, o la próxima amenaza. Mientras, el esfuerzo se mide en gigas consumidos y en la capacidad de reinventarse cada mes. La memoria de lo que era tener un oficio se desvanece, reemplazada por tutoriales de YouTube.
En este paisaje, la familia se contrae. Ya no es el clan que contenía, sino la unidad mínima de resistencia. Los padres ancianos son una carga económica más en la planilla mental. Los hijos, una apuesta a un futuro que se ve cada vez más lejano. Las conversaciones giran alrededor del consumo imposible, de la inseguridad que limita los paseos, de la educación que cuesta una fortuna y no garantiza nada. Se habla en clave práctica. Lo demás, lo profundo, la angustia por una identidad que se disuelve, queda para las historias de Instagram que solo muestran el lado soleado.
La dignidad como cálculo diario
La dignidad ya no es un concepto filosófico. Es una matemática concreta. Es lo que sobra, o lo que falta, después de pagar el alquiler, la comida y los impuestos. Es poder decir que no a un trabajo explotador, aunque después se pase hambre. Es seguir yendo al cine aunque el ticket cueste el doble que la semana pasada. Es un acto de rebeldía íntima contra un sistema que parece diseñado para convertir a la clase media en una masa de sobrevivientes irritables. La crisis económica es, en el fondo, una crisis de dignidad. Y esa batalla se libra en soledad, aunque a veces se grite en las redes.
El Estado, ese fantasma que aparece para cobrar y desaparece cuando se lo necesita, es el gran ausente en esta ecuación. O el gran culpable, depende del relato que uno consuma. Su lugar lo ocupan las plataformas, que ofrecen comunidad, entretenimiento y una ilusión de control. Son ellas las que hoy median en la búsqueda de trabajo, de amor, de reconocimiento. Son el nuevo espacio público, privatizado y algorítmico. La manipulación aquí no es una teoría conspirativa, es el modelo de negocio. Se vende la atención del usuario al mejor postor. Y lo que se comercia es el tiempo que antes se dedicaba a mirar por la ventana, a charlar con un vecino, a no hacer nada.
Al final del día, cuando las pantallas se apagan, queda el mismo silencio del principio. Pero cargado con los ecos de todas las voces con las que se interactuó, de todas las vidas perfectas que se espiaron, de todas las broncas que se descargaron. La soledad del siglo XXI no es la falta de gente. Es sentirse irrelevante en medio de un murmullo global. En la Argentina, ese sentimiento se condensa con el olor a café recalentado y la vista de una calle que ya no es tan propia. La pregunta que flota, tácita, no es cuándo se va a salir de la crisis. Es si, cuando eso pase, quedará alguien al lado para contarlo, más allá de la pantalla.
