El lazo que no se corta
Hay un olor a sopa instantánea que se cuela por los pasillos del edificio. Son las ocho de la noche y en cada departamento se repite la misma escena: una madre que mira el celular mientras el hijo termina la tarea, un padre que llega tarde y saluda con la mano, la tele de fondo que habla de inflación y no de otra cosa. En la Argentina de la clase media, la familia sigue siendo el último refugio. Pero también el lugar donde se nota más el desgaste.
No es que antes fuera perfecto. Nadie cree en esas películas en blanco y negro donde todos se sentaban a la mesa y hablaban de su día. La familia siempre fue un campo de batalla chico, con sus propias reglas y sus propias heridas. Lo que cambió es que ahora la pelea no es solo por la plata. Es por la atención, por el tiempo, por el sentido de las cosas.
El otro día vi a un pibe de quince años explicarle a su abuelo cómo se usa WhatsApp. El abuelo no entendía por qué tenía que escribir cuando podía llamar. El pibe no entendía por qué llamar cuando podía escribir. No fue una discusión. Fue un abismo generacional que se abrió en la cocina, mientras el agua hervía para los fideos. La tecnología no acerca tanto como promete. A veces lo que hace es mostrar lo lejos que estamos.
La polarización también se mete en la casa. Antes se discutía de política en las cenas y después se tomaba un café. Ahora las discusiones se cortan con un portazo o con un bloqueo en las redes. La identidad política dejó de ser una opinión para convertirse en una marca personal. Y la familia, que debería ser el lugar del afecto incondicional, se vuelve un ring donde cada uno pelea por su relato. La verdad es lo de menos. Lo que importa es quién la cuenta mejor.
En medio de todo eso está la soledad. Una soledad que no se ve porque hay gente alrededor. Pero se siente en los silencios largos, en las miradas que evitan encontrarse, en los mensajes de texto que reemplazan las conversaciones. La clase media argentina aprendió a vivir en la superficie. A preguntar cómo estás sin esperar una respuesta verdadera. A compartir la mesa pero no la historia.
Y la moral, esa palabra que parece antigua, se cuela por las rendijas. ¿Hasta dónde hay que ayudar a un hijo que no termina el secundario? ¿Es mérito o fracaso que un pibe de veinte años siga viviendo con los viejos? ¿La educación pública sigue siendo un ascensor social o ya es una trampa? No hay respuestas fáciles. Pero la pregunta se repite en cada casa, en cada reunión familiar donde alguien cuenta que el sobrino dejó la facultad, que la prima se fue del país, que el vecino compró dólares y no se sabe cómo.
El consumo también es un tema. No el consumo como derroche, sino como necesidad de pertenencia. La clase media se mide en objetos. El celular de última generación, las zapatillas de marca, el auto que no es nuevo pero parece. No es frivolidad. Es un intento de decir: yo también existo, yo también puedo. En un país donde la inflación te saca el piso todos los meses, lo material se vuelve un ancla. Una forma de demostrar que todavía estás en la cancha.
Pero la cancha está cada vez más chica. La deuda, esa palabra que los gobiernos usan como excusa, se volvió personal. Se debe en el banco, en el almacén, en la tarjeta. Se debe en promesas que no se cumplieron, en proyectos que se postergaron, en hijos que se fueron y no volvieron. La deuda ya no es solo económica. Es existencial.
Los medios, mientras tanto, siguen construyendo un relato que no termina de encajar. Hablan de recuperación, de brotes verdes, de números que bajan. Pero en la casa no se ve. Lo que se ve es que el sueldo alcanza hasta el 20 y después hay que estirar. Lo que se ve es que la inseguridad no es una estadística sino un miedo concreto cuando el hijo vuelve del boliche a las tres de la mañana. Lo que se ve es que la educación pública ya no garantiza nada y la privada es un lujo que se paga con esfuerzo y culpa.
En ese escenario, la inteligencia artificial aparece como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Promete resolver todo, desde los trámites hasta el trabajo. Pero también amenaza con dejar afuera a los que no se suben al tren. La clase media argentina ya vivió varias veces esa historia. La de los que se quedan en el andén mientras el tren arranca. Y sabe que no hay algoritmo que reemplace el oficio de vivir con dignidad.
La memoria, por último, es un lujo que no todos pueden pagar. Recordar duele. Recordar el país que fue, la familia que fue, uno mismo que fue. Pero no recordar también duele, porque sin memoria no hay identidad. Y sin identidad, la clase media se vuelve un montón de gente que comparte el mismo barrio, el mismo supermercado, la misma desconfianza. Pero no el mismo proyecto.
Así que la familia sigue siendo ese lazo que no se corta del todo. A veces porque no hay más remedio. A veces porque, en el fondo, sigue siendo lo único que queda cuando se apagan las pantallas y se acaba la plata. Un refugio incómodo, lleno de ruidos y silencios. Pero refugio al fin.
