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Los chicos que piden permiso para aburrirse

Entre el miedo a la calle y la pantalla que promete compañía, una generación aprende que salir a la vereda también se pide. Lo que se pierde cuando la infancia se vuelve un trámite supervisado.

Artículo del autor06.10.2026

Los chicos que piden permiso para aburrirse

Hay una escena que se repite en muchos barrios del conurbano y también en algunos edificios de Capital. Un chico de diez años quiere bajar a la vereda con la pelota. La madre mira por la ventana. Mira la calle, mira el horario, mira el grupo de WhatsApp del edificio. Después dice que no. El chico no discute: ya sabe. Vuelve al sillón, agarra la tablet y se queda ahí hasta que se hace de noche. La escena no tiene villano. Tiene una madre cansada, un padre que trabaja hasta tarde, una ciudad que no perdona, y un chico que aprendió a pedir permiso para aburrirse.

La infancia se volvió un asunto de logística. No es que los pibes ya no jueguen en la calle porque prefieran la pantalla. Es que la calle dejó de ser un lugar disponible. Está ocupada por el miedo, por el tránsito, por la desconfianza, por la sospecha de que cualquier desconocido es una amenaza. La vereda, que alguna vez fue territorio neutral, hoy es una frontera que se cruza con autorización. Y la autorización, casi siempre, llega tarde o no llega.

La vereda como permiso especial

Imaginemos una situación hipotética: un grupo de chicos de un barrio del Gran Buenos Aires se organiza para jugar un partido en la plaza. Uno de ellos lleva la pelota. Otro lleva agua. Una madre los acompaña hasta la esquina y se queda mirando cómo cruzan. No los deja solos. No porque desconfíe de ellos, sino porque desconfía del resto. Esa escena, que podría ser de cualquier época, hoy tiene una diferencia: la madre no se va. Se queda sentada en un banco de la plaza, con el celular en la mano, mirando el partido como si fuera una guardia de seguridad. Los chicos juegan, pero no del todo. Juegan con la conciencia de que alguien los vigila.

La vigilancia no es solo externa. Es también interna. Los chicos aprendieron a medir el riesgo antes de moverse. Saben qué calle evitar, qué horario no conviene, qué vecino no saluda. Esa cartografía del miedo se transmite de generación en generación, como un idioma que se aprende sin estudiar. La diferencia es que antes el miedo era un dato entre otros. Hoy es el dato principal.

El trabajo que no se ve

Hay otra cosa que cambió y que no siempre se nombra. La infancia dejó de ser un tiempo de ocio para convertirse en una carrera de rendimiento. Los chicos tienen inglés, fútbol, robótica, apoyo escolar, taller de música. Los padres hacen malabares para pagar esas actividades y para llevarlos. El objetivo es claro: que no les falte nada, que estén preparados, que no pierdan tiempo. Pero el tiempo libre, ese que antes se llenaba con la imaginación o con el aburrimiento, hoy se llena con propuestas. Y el aburrimiento, que alguna vez fue una puerta a la creatividad, hoy es una amenaza que hay que evitar.

Los chicos no eligen ese ritmo. Lo heredan. Lo heredan de padres que trabajan doce horas, que llegaron a fin de mes con lo justo, que saben que el mérito no siempre alcanza. En una Argentina donde la crisis se repite como un ciclo, la clase media apuesta a la educación como tabla de salvación. Pero esa apuesta, muchas veces, se convierte en una presión que los chicos sienten sin poder nombrarla.

La soledad que se disfraza de conexión

La pantalla aparece ahí, como un refugio. No es la causa de nada, es una consecuencia. Los chicos no están solos porque tienen el celular. Tienen el celular porque están solos. Porque la vereda no es segura, porque los padres no están, porque el barrio se desarmó, porque la plaza quedó lejos. La tecnología ocupa el lugar que antes ocupaba la calle. Y lo ocupa con una promesa que no siempre cumple: la de estar acompañado sin estar expuesto.

Las redes sociales y los videojuegos ofrecen una forma de sociabilidad que no requiere permiso. No hay que cruzar la calle, no hay que pedir autorización, no hay que lidiar con el miedo. Pero esa sociabilidad tiene un costo. Es una sociabilidad sin cuerpo, sin roce, sin conflicto real. Los chicos aprenden a vincularse desde la distancia, con la pantalla como mediadora. Y esa distancia, que los protege, también los aísla.

Lo que se pierde en el camino

No se trata de romantizar la infancia de antes. No era mejor. Había otras violencias, otras carencias, otros silencios. Pero había algo que hoy escasea: la posibilidad de equivocarse sin consecuencias graves. La calle era un lugar de aprendizaje, con sus riesgos y sus códigos. Hoy la calle es un lugar de tránsito, no de permanencia. Los chicos pasan, no se quedan.

La pregunta no es cómo volver atrás. La pregunta es qué hacemos con lo que tenemos. Cómo construimos espacios seguros sin convertir la infancia en una burbuja. Cómo permitimos que los chicos se aburran, se equivoquen, se peleen y se reconcilien sin la intervención permanente de un adulto. Cómo recuperamos la vereda como un lugar posible.

Mientras tanto, en miles de casas argentinas, un chico mira por la ventana y ve la calle vacía. Sabe que podría bajar, pero también sabe que no lo va a hacer. No porque no quiera, sino porque aprendió que el afuera es un lugar que se pide. Y que el permiso, casi siempre, no llega.

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