Los que apuestan al mérito
En la Argentina de los últimos años, el mérito se convirtió en una especie de moneda paralela. Se lo invoca en las cenas familiares, en los grupos de WhatsApp, en los discursos políticos. Se lo defiende como si fuera un valor sagrado, una tabla de salvación en medio del naufragio. Pero el mérito, como tantas cosas, tiene un precio que no todos pueden pagar.
Uno escucha a la gente hablar del esfuerzo, de la cultura del trabajo, de la necesidad de salir adelante sin pedirle nada al Estado. Son frases que se repiten con la misma cadencia que las noticias sobre la inflación. Y sin embargo, hay algo que no cierra del todo. Porque si el mérito fuera tan determinante, la clase media argentina no tendría que estar todo el tiempo haciendo malabares para llegar a fin de mes.
La cuestión es que el mérito no opera en el vacío. Depende de un montón de variables que escapan al control individual: la educación que recibiste, el barrio donde creciste, los contactos que heredaste, la suerte de no haberte enfermado justo cuando el sistema de salud colapsaba. Depende también de que el Estado funcione, aunque sea un poco. De que las reglas del juego se mantengan estables por más de seis meses. De que la deuda externa no se lleve puesta toda la plata que podría destinarse a mejorar las escuelas o los hospitales.
Y acá es donde aparece la contradicción. Porque la misma clase media que reivindica el mérito es la que más sufre cuando el Estado se desentiende. Es la que manda a sus hijos a la escuela pública y después se queja de que no aprenden nada. Es la que paga impuestos y después no encuentra una cloaca, un semáforo, una vereda transitable. Es la que se endeuda en cuotas para comprar un televisor y después descubre que la inflación licuó el valor de su sueldo.
El mérito, en la Argentina, se parece mucho a una promesa que nunca termina de cumplirse. Algo así como la estabilidad económica o la justicia social. Se habla de él con la misma vehemencia con la que se habla de la inseguridad o de la manipulación de los medios. Pero cuando uno se sienta a conversar con un vecino, con un compañero de trabajo, con un pariente que vive en el conurbano, lo que encuentra no es tanto una convicción como una herida. La sensación de que, por más que uno se esfuerce, las cosas no terminan de acomodarse.
La moral del que se la bancó solo
Hay una frase que se escucha mucho en los últimos tiempos: yo me la bancó solo, que no vengan a pedirle nada a nadie. Es una frase que tiene algo de orgullo y algo de resentimiento. Detrás de ella se esconde una historia de sacrificios, de horas extras no pagadas, de renuncias a vacaciones y a gustos. También se esconde una idea de que el que no se la banca es porque no quiere, porque no se esfuerza lo suficiente. Esa idea, que en apariencia es una defensa del esfuerzo, termina siendo una condena. Porque invisibiliza todas las circunstancias que hacen que a algunos les sea más difícil que a otros.
La polarización política de los últimos años no hizo más que reforzar esta mirada. Cada vez es más difícil pensar en términos colectivos. Cada vez parece más ingenuo hablar de solidaridad o de bien común. La consigna es sálvese quien pueda. Y en esa carrera, el mérito se convierte en una excusa para justificar la desigualdad. El que llega, llega porque se lo merece. El que no, porque no puso suficiente empeño. Una lógica implacable que se aplica con la misma frialdad con la que un algoritmo decide quién merece un crédito o un empleo.
La inteligencia artificial y las redes sociales hicieron lo suyo. Hoy, un algoritmo puede determinar tu perfil de consumo, tu nivel de riesgo crediticio, tu capacidad para acceder a un seguro de salud. Todo se mide, todo se cuantifica. Y ese cálculo, que se presenta como objetivo y neutral, está cargado de supuestos. Supuestos sobre lo que es normal, sobre lo que es deseable, sobre lo que merece ser recompensado.
En ese mundo de puntajes y rankings, el mérito se vuelve una abstracción peligrosa. Porque deja afuera todo lo que no se puede medir: la dignidad de un laburo precario, la soledad de quien cuida a un familiar enfermo, la memoria de una generación que vivió la crisis del 2001 y aprendió a desconfiar de todo. Esa experiencia no entra en ningún algoritmo. No suma puntos en ninguna planilla.
La educación y la deuda pendiente
Uno de los terrenos donde más se discute el mérito es la educación. Se dice que el que estudia, progresa. Que la universidad pública es una fábrica de profesionales exitosos. Y es cierto que hay miles de historias de personas que salieron adelante gracias al estudio. Pero también es cierto que la educación argentina está cada vez más fragmentada. Que hay escuelas de primera y escuelas de segunda. Que los chicos de familias acomodadas acceden a una formación que los prepara para el mundo globalizado, mientras que los de sectores populares tienen que conformarse con lo que queda.
El mérito, entonces, se convierte en una coartada. Permite decir que las oportunidades están ahí, al alcance de todos, cuando en realidad las condiciones de partida son profundamente desiguales. Y esa desigualdad no se resuelve con discursos de autoayuda ni con promesas de que el próximo gobierno va a arreglar todo. Se resuelve con políticas públicas serias, con inversión en infraestructura educativa, con salarios dignos para los docentes. Con un Estado que no abandone a los que vienen de atrás.
Pero el Estado, en la Argentina, es un tema tabú. Se lo critica por ineficiente, por corrupto, por entrometido. Y a veces con razón. Pero también se lo necesita. Se lo necesita para que la competencia no sea una guerra de todos contra todos. Para que el mérito no sea un privilegio de pocos. Para que la dignidad de la clase media no dependa de la caridad ni del milagro.
Quizás el problema no sea el mérito en sí mismo, sino la forma en que lo utilizamos. Lo convertimos en un arma arrojadiza, en una medida de valor moral. En lugar de preguntarnos cómo hacer para que todos tengan una oportunidad real, nos contentamos con señalar a los que no llegaron. Y esa mirada, que se reproduce en las cenas familiares, en los medios, en las redes sociales, termina por erosionar cualquier posibilidad de construir algo en común.
Mientras tanto, la clase media sigue apostando al mérito. Sigue creyendo que si se esfuerza lo suficiente, las cosas van a mejorar. Sigue pagando la deuda en cuotas, sigue mandando a los hijos a la escuela, sigue esperando que el próximo mes sea distinto. Y esa espera, esa paciencia infinita, tiene algo de heroico y algo de triste. Porque la historia argentina demuestra que el mérito, sin un Estado que garantice las condiciones mínimas, no alcanza.
Y sin embargo, la gente no se rinde. Sigue laburando, sigue estudiando, sigue apostando a que el esfuerzo individual tiene sentido. Tal vez sea esa la verdadera dignidad de la clase media argentina. No la de los que triunfan, sino la de los que siguen intentando a pesar de todo.
