Los que no pueden dejar de mirar
En cualquier bar de Buenos Aires, a media tarde, se ve la misma escena. Una mujer de unos cuarenta años mira el teléfono mientras espera el café. El mozo trae el pocillo, ella levanta la cabeza, sonríe, y vuelve a bajar la mirada. No es distracción. Es algo más parecido a un reflejo, un tic que la Argentina incorporó sin aviso.
La clase media aprendió a vivir con el ruido de las notificaciones como antes aprendió a convivir con la inflación: resignada, con la certeza de que no hay mucho que hacer. Pero el problema no es solo el tiempo perdido. Es lo que ese gesto repetido dice sobre la identidad de un país que ya no sabe mirar de frente.
Las redes sociales prometieron conectarnos. Cumplieron a medias. Ahora la conexión es permanente, pero la conversación se volvió un monólogo colectivo. Cada uno cuenta lo que come, lo que piensa, lo que le indigna. Y los demás responden con un like o un emoji, como quien paga una deuda mínima para que no lo molesten más.
La polarización no nació en las pantallas, pero encontró en ellas un caldo de cultivo ideal. En la Argentina de la grieta, el algoritmo premia el grito, la certeza absoluta, el meme que condensa una idea en quince palabras. Lo complejo, lo que tiene matices, no corre. La verdad se volvió un producto más, algo que se consume rápido y se desecha. Como un sánguche de mala calidad.
La deuda de la atención
Hay un dato que pocos mencionan. La atención es un recurso finito. Cada vez que se mira el teléfono se gasta un poco de algo que no se recupera. Los economistas hablan de la deuda externa, del déficit fiscal, del cepo. Pero nadie calcula cuánto debe la clase media en concentración, en capacidad de escuchar, en paciencia para seguir un argumento sin interrumpir con un chiste o una queja.
La educación formal está perdiendo la batalla contra el scroll infinito. Los chicos aprenden en TikTok, los adultos en Twitter. No importa si la fuente es confiable o si el dato está verificado. Lo que importa es que el video dure menos de un minuto y que el título sea lo suficientemente provocador como para que se comparta. La memoria se achica. El pasado se borra con un swipe. La historia argentina, con sus idas y vueltas, sus fracasos y sus gestas, se reduce a un carrusel de imágenes sin contexto.
La moral también cambió. Antes la pregunta era qué está bien y qué está mal. Ahora es qué se puede mostrar y qué no. La vida se volvió una puesta en escena. Los que tienen más seguidores son los que mejor actúan la felicidad, el éxito, la coherencia. La soledad queda para el after, cuando se apaga la pantalla y uno se queda con el peso de lo que no dijo, de lo que no hizo, de lo que no fue.
El mérito en la vidriera
La idea del mérito, tan cara a la clase media argentina, se resquebraja cuando se mira con honestidad. Se dice que el que quiere puede, que el esfuerzo siempre rinde, que el que estudia llega. Pero la realidad se encarga de mostrar lo contrario. Un título universitario no garantiza un trabajo digno. Un emprendimiento no siempre prospera. La inflación se come los ahorros, el Estado no responde y las empresas piden experiencia que los jóvenes no tienen tiempo de acumular.
Entonces, la pantalla se convierte en un escape. En el feed, todos son exitosos. Todos viajan, todos comen rico, todos tienen la vida resuelta. Nadie muestra la deuda del mes, el miedo a no llegar, la bronca de tener que elegir entre pagar la tarjeta o comprar remedios. El consumo se vuelve una máscara. La dignidad, un lujo que se negocia en cuotas.
La juventud, mientras tanto, navega entre la exigencia de ser feliz y la evidencia de que el mundo no está hecho para ellos. Les tocó una Argentina que prometía estabilidad y les dio crisis. Les prometieron tecnología y les dieron soledad. Tienen más información que cualquier generación anterior, pero menos herramientas para procesarla. Saben de todo un poco y de nada lo suficiente. Y en ese vértigo, muchos eligen no elegir, o eligen lo que el algoritmo les muestra.
Los que todavía miran
Quedan algunos que resisten. Gente que apaga el teléfono a las nueve de la noche y se sienta a leer un libro. Familias que cenan sin televisor de fondo. Parejas que discuten cara a cara, sin intermediarios digitales. Son los raros, los que no encajan en el molde de la época. Pero existen, y su existencia es una forma de resistencia.
No se trata de demonizar la tecnología. Sería ridículo y además inútil. Se trata de entender que el problema no es la herramienta sino el uso. Que la clase media argentina, tan golpeada por la crisis, tan acostumbrada a sobrevivir, corre el riesgo de perderse en un laberinto de espejos donde todo se refleja pero nada se ve de verdad.
La pregunta que queda flotando es si todavía hay tiempo de levantar la cabeza. De mirar al de al lado sin que el teléfono interrumpa. De escuchar una historia completa, con principio, desarrollo y final. De aceptar que la vida no se mide en likes sino en horas vividas, en errores cometidos, en personas que se quedan a pesar de todo.
Tal vez la deuda más grande que tiene la Argentina no sea económica. Tal vez sea la deuda de la atención, la deuda de la memoria, la deuda de la mirada. Y quizás, solo quizás, saldarla empiece por algo tan simple como dejar el teléfono sobre la mesa y preguntar: ¿cómo estás? Y esperar la respuesta, sin interrupciones.
