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El aula vacía a la hora del acto

Mientras discute qué hacer con la inteligencia artificial en la escuela, un problema más terrenal ocurre en los actos escolares: cada vez menos familias van. Esa silla vacía dice algo sobre el lazo entre escuela, Estado y comunidad.

Artículo del autor07.11.2026

El aula vacía a la hora del acto

Imaginemos una situación hipotética, de esas que se repiten sin que nadie las anote. Un acto escolar por la mañana, en una escuela pública de cualquier ciudad argentina. Las sillas están acomodadas en fila en el patio, con cinta de papel en el respaldo para reservar el lugar de la familia. Suena el himno, los chicos cantan con esa mezcla de obligación y entusiasmo que solo se ve en los actos, y hay más sillas vacías que ocupadas. La maestra mira el portón, espera a los que prometieron venir y no llegaron. El acto termina, las sillas se guardan, y nadie dice nada sobre lo que acaba de pasar.

La escena no es una denuncia. Es una observación mínima que se repite en muchas escuelas del país: el acto escolar como ritual público se está quedando sin público. No se discute si la familia acompaña la educación de sus hijos, porque la mayoría lo hace como puede: con el cuaderno firmado, con la mochila lista, con el mensaje al grupo de WhatsApp. Lo que se ausenta es otra cosa. La presencia física en el espacio común. La silla que se ocupa para ver al chico cantar.

Un ritual que perdió auditorio

Durante décadas, el acto escolar funcionó como una pequeña escena del Estado en el barrio. Allí se mezclaban la bandera, la autoridad docente, las familias y una idea de comunidad que no necesitaba explicarse demasiado. Ir al acto era una forma de decir que la escuela importaba, aunque después se criticara todo lo demás. Esa asistencia tenía un costo: pedir el día en el trabajo, cruzar la ciudad, sentarse en una silla incómoda a las ocho de la mañana. Muchas familias lo pagaban. Hoy menos lo hacen, y no siempre por desinterés.

Hay razones concretas. Trabajos con horarios que no admiten ausencias. Distancias que en transporte público se vuelven una odisea. Familias que ya no viven a diez cuadras de la escuela. Pero también hay algo más difícil de nombrar: el acto dejó de ser el único lugar donde la escuela se muestra. Ahora hay grupos de WhatsApp, cuentas de Instagram, mensajes que llegan con fotos y audios. La información circula, la presencia se reemplaza por la notificación. El ritual sigue existiendo, pero perdió su auditorio.

La pregunta no es nostálgica. No se trata de volver a la familia sentada en la silla de siempre, como si el mundo no hubiera cambiado. Lo que vale la pena mirar es qué se pierde cuando el acto escolar se queda sin público. Porque en esa silla vacía hay una pista sobre cómo se está renegociando el vínculo entre la escuela, el Estado y las familias. Y no es un vínculo menor.

El Estado en el patio

El acto escolar es uno de los pocos momentos en que el Estado se hace presente en el barrio con un gesto público. No es un trámite, no es una ventanilla, no es una aplicación. Es un patio, una bandera, chicos formados, un discurso breve y una familia que mira. Ese formato puede parecer antiguo, y quizás lo sea, pero cumple una función que ninguna pantalla reemplaza: mostrar que hay un lugar común donde todos los que participan de la escuela se ven las caras.

Cuando ese lugar se vacía, el Estado pierde una escena de visibilidad. No desaparece: sigue en el sueldo docente, en el edificio, en los formularios. Pero se vuelve más abstracto, más lejano, más parecido a una oficina que a un patio. La escuela sigue funcionando, los chicos siguen aprendiendo, los actos se siguen haciendo. Solo que el acto se hace para adentro, sin testigos externos, y esa ausencia cambia el modo en que la comunidad registra lo que pasa dentro.

No es un fenómeno exclusivo de la escuela. En muchos barrios, las instituciones que antes organizaban la vida común perdieron público: el club, la parroquia, la sociedad de fomento. La escuela no escapa a esa tendencia. Lo que la distingue es que su público no es opcional: son las familias de los chicos que asisten todos los días. Y esas familias, cada vez más, resuelven su vínculo con la escuela por mensaje, no por presencia.

Hay una trampa en leer esto como simple comodidad. No lo es. Para muchas familias, ir al acto implica un esfuerzo que no siempre se puede hacer. La escuela lo sabe y por eso muchas veces organiza los actos en horarios pensados para que las familias puedan llegar. Pero aun así, la silla queda vacía. La explicación no es solo económica ni solo tecnológica. Es una mezcla de cansancio, de horarios que no cierran, de una idea de participación que se fue transformando sin que nadie la nombrara.

La presencia que no se reemplaza

Hay algo que el mensaje de WhatsApp no puede hacer: ocupar una silla. La notificación avisa que el acto es el viernes a las nueve. La foto muestra a los chicos formados. El audio cuenta que salió bien. Pero nada de eso reemplaza el gesto de estar ahí, mirando, siendo parte del público. Ese gesto tiene un valor que no se explica en términos de utilidad. Es una forma de decir que la escuela importa lo suficiente como para ir.

No se trata de culpar a las familias que no pueden. Se trata de notar que la ausencia se está volviendo normal, y que lo normal tiene consecuencias. Cuando el acto se hace sin público, el ritual pierde su función de lazo. La escuela sigue enseñando, pero el acto deja de ser un lugar donde la comunidad se reconoce. Y una escuela que no se muestra hacia afuera se vuelve más fácil de ignorar, de recortar, de tratar como un servicio y no como una institución.

Quizás el acto escolar necesite cambiar de formato. Quizás haya que inventar otros modos de presencia, otros rituales que se adapten a los horarios y a las distancias. Pero cualquier cambio debería empezar por reconocer que la silla vacía no es un detalle menor. Es una señal de que algo del lazo entre escuela, familia y Estado se está aflojando, y que ese aflojamiento no se resuelve con una aplicación ni con un mensaje más en el grupo.

La escena del patio con sillas vacías no es una tragedia. Es una foto de época. Muestra cómo cambian las formas de estar juntos, y también cómo algunas instituciones siguen esperando un público que ya no llega del mismo modo. La pregunta que queda abierta es simple y difícil: quién ocupa esas sillas, y qué hacemos con el silencio que dejan.

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