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El regreso del trámite que no se puede hacer sin testigo

Mientras todo se vuelve aplicación y firma digital, hay gestiones que todavía exigen un testigo con DNI. Esa figura mínima dice algo sobre la confianza, el Estado y quién responde por nosotros.

Artículo del autor07.11.2026

El regreso del trámite que no se puede hacer sin testigo

Imaginemos una situación hipotética: una mujer de sesenta y pico entra a una oficina pública con una carpeta marrón, de esas que se abrochan con elástico. Le piden que el formulario lo firme un testigo. No un familiar, no un amigo: un testigo con documento en mano, dispuesto a decir que esa persona es quien dice ser. Ella mira el papel, después mira la sala de espera. No hay nadie que conozca. Vuelve al día siguiente con una vecina. El trámite, que en la web prometía resolverse en tres pasos, necesitó de otra persona para completarse.

No es un caso aislado ni una rareza de ventanilla. En medio de la digitalización, sobreviven requisitos que piden un cuerpo al lado del nuestro. Firmas certificadas, poderes, declaraciones juradas, autorizaciones para retirar algo, para inscribir a un chico, para cobrar un subsidio. La tecnología prometió que íbamos a ser nosotros frente a una pantalla. Pero en varios rincones del sistema todavía hace falta alguien que diga: sí, esta persona existe, yo la vi.

El testigo como tecnología vieja

La figura del testigo tiene siglos. Está en los contratos, en los nacimientos, en los casamientos, en las escrituras. Su lógica es simple: ninguna persona puede dar fe de sí misma. El Estado, que desconfía con razón, pide una segunda mirada. Durante mucho tiempo esa segunda mirada era un vecino, un patrón, un cura, un comisario. Alguien con peso social. Hoy el testigo es un número de DNI que se anota en un formulario y una firma que nadie verifica demasiado.

Lo curioso es que el testigo sigue existiendo justo cuando la identidad digital parece sobrar. Escaneamos la cara para entrar a un edificio, mostramos el celular para pagar un café, firmamos con un código que llega por mensaje. Y sin embargo, para ciertos papeles, el sistema no confía en la biometría ni en el token: confía en otra persona. Como si la máquina pudiera fallar, pero el testigo no. Como si la firma digital fuera un lujo y la firma de un tercero, una garantía.

Hay algo revelador en ese contraste. La digitalización avanza rápido donde hay negocio: bancos, comercios, plataformas. Avanza lento donde hay obligación estatal, donde el trámite tiene que dejar rastro, donde alguien tiene que responder si algo sale mal. El testigo aparece justo ahí, en el punto donde la responsabilidad no se puede delegar a un algoritmo. Es una tecnología vieja que sobrevive porque el sistema no terminó de confiar en la nueva.

Quién responde cuando nadie responde

La pregunta de fondo no es si el testigo es un atraso o una garantía. Es quién carga con la prueba. Cuando el trámite pide un testigo, la prueba de que existís recae sobre alguien más. Si no tenés a quién pedirle ese favor, el trámite se vuelve una carrera de obstáculos. Y ahí aparece una desigualdad silenciosa: el que tiene red, tiene testigo. El que está solo, no.

Pensemos en quiénes quedan afuera. Un jubilado que vive solo, un migrante recién llegado, una persona que acaba de mudarse a un barrio donde no conoce a nadie, alguien que se pelea con su familia. Para todos ellos, el testigo no es un detalle administrativo: es una barrera. La soledad, que ya es un problema social, se convierte en un problema de gestión. El Estado pide un lazo humano que a veces no existe.

Y no se trata de romantizar el papel. Los sistemas digitales también excluyen: el que no tiene celular, el que no tiene internet, el que no entiende la aplicación. Pero hay una diferencia. La aplicación te pide que seas vos. El testigo te pide que alguien más diga que sos vos. La primera confía en tu identidad; la segunda, en tu pertenencia.

La confianza que se delega

Hay una escena que se repite en las oficinas públicas: el empleado que dice «falta la firma del testigo» con la misma cadencia con que dice «falta el sello» o «falta la fotocopia». No lo dice con maldad. Lo dice porque el sistema está hecho así. Pero en esa frase mínima se juega algo más grande: la idea de que la verdad sobre quién sos no la podés dar vos, sino otro.

La moral cotidiana también se mete ahí. El testigo es alguien que se compromete. No solo firma: avala. Si mentís, él también queda expuesto. Por eso cuesta pedirle a un conocido que sea testigo de algo importante. No es un trámite: es un favor que compromete. La confianza se vuelve un bien escaso, y el Estado la administra con formularios.

Mientras discutimos si la inteligencia artificial va a reemplazar empleos o si las redes sociales nos manipulan, hay una capa más silenciosa de la vida administrativa que sigue funcionando con lógica de otro siglo. No es nostalgia. Es una pregunta sobre el poder: quién decide que existís, quién lo certifica, quién responde si algo falla.

El testigo no es un obstáculo menor. Es la prueba de que el sistema todavía no confía en vos. Y de que, para ciertas cosas, la firma de un tercero vale más que tu cara frente a una cámara. La próxima vez que firmes un papel, fijate si al lado hay un espacio para otro nombre. Ahí está el Estado diciéndote algo sobre la confianza. Y sobre la soledad.

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