El pibe que arma el CV con palabras que no son suyas
Imaginemos una situación hipotética, aunque no cuesta mucho imaginarla: un pibe de veinte años, sentado en la cocina de su casa, con la notebook prestada y un documento abierto en blanco. Tiene que mandar el currículum para un trabajo en un depósito, en una cadena de comida rápida, en una agencia que promete ser más moderna de lo que es. No sabe cómo decir que sabe. Escribe una línea, la borra, escribe otra, la borra también. Entonces abre otra pestaña, le pide a un modelo de lenguaje que le arme un CV que suene profesional y copia lo que le devuelve. El texto queda impecable, redondito, con palabras como proactivo y orientado a resultados. Pero el pibe lee ese texto y no se reconoce del todo. Es su currículum, sí. También es un poco el de nadie.
La discusión pública sobre la inteligencia artificial y los jóvenes suele quedar atrapada en dos casilleros: la trampa o la vagancia. El pibe que usa el chat para escribir el ensayo, la mina que aprueba con el resumen hecho por una máquina, el estudiante que no piensa. Puede que algo de eso exista. Pero la escena del currículum armado con palabras ajenas dice otra cosa, más incómoda y más productiva: hay una generación que aprendió a presentarse frente al mundo del trabajo con un traductor automático de por medio. Y nadie le enseñó qué hacer con eso.
El idioma del mercado y el idioma propio
Hay un detalle que conviene mirar de cerca. El currículum no es solo un papel: es el género literario más raro que produce una persona común. Es un texto donde uno tiene que hablar de sí mismo como si fuera un producto, con métricas, logros y verbos de acción. Durante décadas, esa traducción la hacían cursos, consultores, familiares con más calle o simplemente la imitación de un modelo que circulaba de mano en mano. El pibe copiaba el CV del primo, cambiaba el nombre y listo.
Lo que cambia ahora no es la existencia de la traducción, sino la velocidad y la opacidad. Antes uno sabía de quién copiaba. Hoy copia de una máquina que no le explica por qué eligió esas palabras, y que probablemente no sepa nada de su barrio, de su escuela, de las changas que hizo en verano. El resultado puede ser un texto más prolijo, pero también más genérico. Y en un mercado laboral donde todos los currículums empiezan a parecerse, la prolijidad deja de ser una ventaja y se vuelve un ruido más.
La pregunta que aparece, entonces, no es si está bien o mal usar la herramienta. La pregunta es qué pasa con la propia voz cuando se delega la presentación. Porque aprender a decir quién sos, qué sabés hacer y por qué te deberían tomar no es un trámite administrativo: es una de las primeras formas de la dignidad adulta. Y esa dignidad, cuando se terceriza demasiado temprano, corre el riesgo de quedar en un lugar del que después cuesta volver.
La familia que mira de costado
Imaginemos otra situación hipotética, pegada a la anterior: la madre entra a la cocina, ve al pibe peleándose con la pantalla y le dice que en su época uno iba a la fábrica o a la oficina y entregaba el papel en mano. No hay nostalgia pura en esa frase, aunque lo parezca. Hay una intuición: que el trabajo se conseguía con algo más que un texto bien escrito. Se conseguía con la cara, con el apellido, con el conocido que te nombraba en la puerta. Ese mundo no era más justo, ni mucho menos. Pero tenía una ventaja incómoda: obligaba a mirar a alguien a los ojos.
El currículum generado por una máquina, en cambio, es un mensaje que sale hacia un lugar donde no hay nadie del otro lado, o hay un filtro automático que lo lee primero. La escena se repite en miles de casas: alguien escribe un texto sobre sí mismo para un lector que no existe. Esa soledad no la inventó la inteligencia artificial, pero la herramienta la profundiza y la vuelve invisible. El pibe cree que está aprendiendo a usar la tecnología. En parte es cierto. En parte está aprendiendo a hablarle al vacío.
Lo que no se puede automatizar
Hay algo que los modelos de lenguaje hacen bien y que conviene reconocer sin culpa: ordenan, corrigen, sugieren. Un pibe que no sabe cómo empezar puede encontrar ahí un primer empujón. El problema no es la ayuda, es lo que se pierde cuando la ayuda reemplaza la búsqueda. El mérito, esa palabra que en Argentina se usa mucho y se discute mal, no consiste en sufrir en soledad frente a una hoja en blanco. Consiste en poder decir, con palabras propias, qué hiciste y qué querés hacer. Ese aprendizaje no se descarga. Se hace.
Y hay un detalle que suele quedar afuera del debate: la educación. No la educación como consigna de campaña, sino la educación concreta, la de la escuela secundaria que enseña a escribir una carta de presentación, a leer un aviso clasificado, a entender qué pide un empleador. Si esa enseñanza no existe, el pibe no tiene contra qué comparar el texto que le devuelve la máquina. Acepta lo primero que suena bien porque nadie le mostró qué suena a él. La herramienta no llena un vacío: lo revela.
El currículum como espejo
Volvamos a la cocina. El pibe termina de armar el CV, lo lee en voz alta, se detiene en una palabra que no usaría nunca, la borra, escribe otra. Ahí, en ese gesto mínimo, pasa algo interesante. No es que rechace la ayuda. La corrige. La adapta. La vuelve un poco suya. Ese trabajo de edición, que parece menor, es el que conviene defender. No se trata de prohibir la herramienta ni de celebrarla. Se trata de que el pibe no delegue la última palabra, la que dice quién es.
La discusión sobre la inteligencia artificial y el trabajo juvenil va a seguir, y probablemente se vuelva más compleja. Pero hay una escena que no debería perderse entre los datos y las proyecciones: la de alguien que tiene que presentarse frente a un mundo que no lo conoce y elige, entre todas las palabras disponibles, cuáles lo representan. Esa elección es el comienzo de algo. La pregunta es quién la va a enseñar, y si el Estado, la escuela y la familia van a llegar antes de que la respuesta la dé una máquina.