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El día que la ciudad dejó de saber quién vive al lado

Los vínculos de vecindad se sostenían con gestos mínimos que ya casi no se practican. Lo que queda no es indiferencia: es una forma nueva de estar solo entre muchos.

Artículo del autor04.10.2026

El día que la ciudad dejó de saber quién vive al lado

Hay un momento del día en que los edificios del centro se llenan de un ruido parejo: el de las puertas que se cierran con llave. No es un gesto violento, ni siquiera es un gesto. Es un automatismo. La mano gira la traba sin que el cuerpo se detenga, sin que la cabeza registre que del otro lado del pasillo vive alguien cuyo nombre no sabemos. En muchos barrios argentinos, esa operación se repite miles de veces por hora y nadie la mira dos veces. Es el fondo musical de una convivencia que se sostiene en la medida en que no se interrumpe.

La vecindad fue durante mucho tiempo una forma de trabajo no remunerado. Alguien cuidaba la puerta, alguien prestaba una herramienta, alguien golpeaba la pared cuando el otro no contestaba. Eso no era solidaridad en el sentido noble de la palabra: era infraestructura. Un sistema de alerta temprana que funcionaba con la misma lógica que una red de agua, silencioso y necesario. Cuando ese sistema se rompe, no se rompe la moral de un pueblo. Se rompe la posibilidad de saber si el vecino de al lado se mudó, si está enfermo o si ya no está.

El nombre que ya no se pregunta

Imaginemos una situación hipotética: un pasillo de un edificio de ocho pisos en Caballito. Una persona mayor vive sola desde hace años. Sus vecinos la saludan en el ascensor, pero no saben cómo se llama. Le dicen “señora” o directamente no le dicen nada, porque el saludo breve y correcto es menos comprometedor que un nombre propio. Ese anonimato no es una falla de carácter. Es el resultado de una vida urbana que se organizó para que el otro sea un dato prescindible.

La crisis económica argentina no inventó esta soledad, pero la volvió más visible. Cuando los precios cambian todas las semanas y el trabajo se vuelve una carrera contra el reloj, los vínculos que no rinden una utilidad inmediata se aflojan. La familia se sostiene por obligación afectiva, los amigos por esfuerzo, y el vecino queda en un limbo: no es familia, no es amigo, no es enemigo. Es una presencia que se registra solo cuando molesta.

Los medios hablan de la inseguridad como un problema de afuera hacia adentro. El delito entra en la casa, rompe la puerta, altera la estadística. Pero hay otra inseguridad que no se mide: la de no saber quién vive al lado, la de no tener a quién pedirle un favor a las tres de la mañana. Esa inseguridad no produce víctimas ni titulares. Produce una forma de soledad que se lleva en silencio, como una mochila que se olvida de tanto cargarla.

El Estado y la moral del pasillo

Durante décadas, el Estado argentino intentó ocupar el lugar de la vecindad. Puso policías en las esquinas, delegaciones en los barrios, planes sociales que reemplazaban la red informal. La intención no era mala: era una respuesta a una sociedad que se urbanizaba rápido y que ya no podía sostenerse con las reglas del pueblo. Pero el Estado no puede hacer lo que hace un vecino. No puede golpear la pared para preguntar si estás bien. No puede prestar la llave, no puede avisar que hay un desconocido en la escalera.

La moral del pasillo no se enseña en la escuela ni se legisla en el Congreso. Se aprende en la práctica, en la repetición de gestos pequeños. Y esos gestos, en la Argentina de hoy, tienen cada vez menos espacio. La jornada laboral se estira, el transporte consume horas, las redes sociales ofrecen una compañía que no exige presencia física. La consecuencia no es que la gente sea peor. Es que la estructura que hacía posible la convivencia se desarmó sin que nadie lo decidiera.

Hay barrios donde esa estructura todavía resiste. En las zonas periféricas, donde la casa propia y el terreno compartido obligan a conocer al otro, la vecindad sigue funcionando como un seguro. No es casual que en esos lugares la palabra “vecino” todavía tenga un peso distinto. No es una categoría legal: es una relación de obligaciones mutuas que no se firman en ningún lado.

La memoria de lo que fuimos

La clase media argentina creció con la idea de que la casa propia era el refugio contra el caos. El jardín, la reja, la puerta blindada. Ese ideal no era solo material: era una forma de decir que el afuera no nos toca. Pero el afuera siempre toca. La inflación, la inseguridad, la deuda, la política: todo entra por la pantalla o por la ventana. Y cuando entra, el vecino es la primera persona que puede ayudar o la primera que puede ignorar.

No se trata de romantizar el pasado. La vecindad también tenía sus violencias: el control social, el chisme, la mirada que castigaba al que se salía del molde. Aquel sistema no era un paraíso. Era un orden, y todo orden tiene un costo. La pregunta es si el costo de la libertad individual que ganamos no fue demasiado alto. Si al dejar de saber quién vive al lado, no perdimos algo más que una costumbre.

La inteligencia artificial y las redes sociales prometen conexión permanente. Pero esa conexión no reemplaza la presencia. Un mensaje no golpea la pared. Una videollamada no presta una herramienta. La tecnología puede ser un puente, pero no es un vecino. Y en una sociedad que atraviesa una crisis larga, la diferencia entre un puente y un vecino puede ser la diferencia entre aguantar y no aguantar.

El título de esta nota dice que la ciudad dejó de saber quién vive al lado. No es una catástrofe, no es una tragedia. Es una pérdida silenciosa que se nota en los detalles: la puerta que se cierra sin mirar, el saludo breve, la pregunta que no se hace. En algún momento, esa pérdida se vuelve visible. Y cuando eso pasa, ya no se trata de recuperar una costumbre. Se trata de decidir si queremos seguir viviendo entre desconocidos o si vale la pena volver a aprender el nombre del que está del otro lado de la pared.

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