El silencio de los que ya no discuten
En una mesa de bar en cualquier ciudad argentina, alguien menciona un tema de actualidad y otro levanta la mano como pidiendo tregua. No es que no tenga opinión. Es que ya no quiere pelear. La escena se repite: familias que evitan ciertos temas en el almuerzo, grupos de WhatsApp donde solo se comparten memes inofensivos, oficinas donde la política es un tabú. La consigna es no hablar. El silencio se volvió una forma de convivencia.
La polarización no siempre se manifiesta en gritos. También se expresa en la retirada. Después de años de discusiones que terminaron en agravios, muchos optaron por el mutis. No es indiferencia. Es agotamiento. La grieta se convirtió en un ruido de fondo que, de tanto sonar, ya no se escucha. Pero el silencio tiene consecuencias. Sin discusión, las ideas se fosilizan. Sin debate, la manipulación encuentra menos resistencias.
Imaginemos una situación hipotética: un grupo de amigos que se junta todos los viernes desde hace veinte años. Hace una década hablaban de todo: política, economía, fútbol. Hoy solo hablan de fútbol. La mesa sigue llena, pero algo se vació. No hubo pelea. Solo un acuerdo tácito de no tocar ciertos temas. Esa mudez no es paz. Es una tregua incómoda.
La clase media argentina, esa categoría esquiva que todos nombran y pocos definen, parece haber hecho de la evasión un método. En las redes sociales, en cambio, la cosa cambia. Allí se grita. Allí se insulta. Allí se comparte sin leer. La paradoja es que el mismo que evita el cara a cara descarga toda su furia en un comentario anónimo. La polarización se mudó al espacio virtual, donde no hay consecuencias ni miradas. El silencio en la mesa y el exabrupto en la pantalla son dos caras de la misma moneda.
¿Por qué callamos? Por miedo a romper vínculos, por cansancio, por no dar el brazo a torcer. También por una razón más profunda: la sensación de que ya nada de lo que digamos cambia algo. La política se percibe como un teatro lejano, donde los actores repiten un guion conocido. La deuda, la inflación, la inseguridad, la educación: temas que duelen, pero que se sienten ajenos. Hablar de ellos es abrir una herida que no cierra. Entonces se opta por el silencio terapéutico.
Pero el silencio no es neutro. Mientras unos callan, otros hablan más fuerte. Los medios construyen relatos que simplifican todo en dos bandos. Las redes amplifican esos relatos con algoritmos que premian la indignación. La verdad se vuelve un objeto de consumo rápido, algo que se comparte sin verificar. En ese ruido, el que se calla queda sin voz. Y sin voz, no hay identidad posible. La memoria se debilita. La dignidad se negocia en silencio.
Hay una escena que se repite en muchas casas: el abuelo que quiere contar una historia de otros tiempos y los jóvenes que miran el teléfono. No es solo desinterés. Es que la memoria compite con un torrente de estímulos. La juventud crece en un mundo donde la información llega sin contexto, donde la inteligencia artificial puede escribir un discurso pero no puede recordar el olor de una cocina. La familia, ese lugar donde antes se transmitían valores y relatos, hoy es un espacio donde a veces ni se habla. La soledad se cuela entre los platos.
El trabajo también cambió. La crisis y la inflación obligan a muchos a hacer malabares con varios empleos. El tiempo libre se reduce a migajas. En ese contexto, discutir de política es un lujo. La supervivencia diaria consume la energía que antes se destinaba a pensar el país. El mérito se vuelve una quimera: esforzarse no alcanza para llegar a fin de mes. Entonces, ¿para qué hablar? La conversación se vuelve un artículo suntuario.
Sin embargo, hay signos de que el silencio no es total. En algunos ámbitos, la gente se organiza, debate, propone. Son minoría, pero existen. La apatía no es un destino inevitable. La pregunta es cómo romper el círculo. No hay recetas. Quizás empiece por recuperar la escucha. Por tolerar la diferencia sin convertirla en enemistad. Por entender que la verdad no es propiedad de nadie y que la manipulación se combate con más información, no con menos.
La moral de la época parece ser la del sálvese quien pueda. Pero la dignidad también se juega en lo colectivo. Callar puede ser una forma de protección, pero también de complicidad. La Argentina que no discute es una Argentina que se entrega. No se trata de pelear por pelear, sino de no renunciar a la palabra. El silencio de los que ya no discuten es, tal vez, el síntoma más claro de una crisis más profunda: la de creer que nada vale la pena.
En una mesa de bar, alguien vuelve a mencionar un tema de actualidad. Esta vez, otro responde. No hay gritos. Solo una conversación que empieza. Quizás sea el comienzo de algo.