Lo que el barrio hace con la palabra mérito
Hay una palabra que en la Argentina de estos años se pronuncia con cuidado, como si tuviera un borde. Mérito. Se dice en la mesa, en la sobremesa, en una conversación de trabajo que empieza tranquila y termina mal. No es una palabra nueva. Lo nuevo es la incomodidad que deja cuando alguien la usa sin pensar a quién le está hablando.
En un país donde la inflación reorganiza los planes cada pocos meses, el mérito deja de ser una idea abstracta y se vuelve una cuenta doméstica. Alguien se recibió, alguien consiguió un trabajo, alguien abrió un kiosco, alguien se fue. Y en cada caso hay una versión que se cuenta hacia adentro de la familia y otra que se cuenta hacia afuera. Las dos son ciertas. Ninguna alcanza.
La clase media argentina aprendió a hablar del mérito con una mezcla de orgullo y sospecha. Orgullo porque durante décadas significó una promesa: estudiar, trabajar, ahorrar, tener una casa. Sospecha porque esa promesa se fue desarmando sin que nadie firmara un papel. No hubo un anuncio. Hubo una sucesión de ajustes, de deudas, de sueldos que alcanzan hasta el día veinte, de trabajos que se hacen con el celular y sin contrato. El mérito quedó flotando ahí, como un cartel de una obra que ya terminó.
El mérito que se hereda y el que se inventa
Hay dos relatos que conviven en cualquier casa argentina. Uno dice que el que se esfuerza llega. El otro dice que el que se esfuerza llega tarde. Los dos tienen pruebas. Los dos tienen excepciones. La discusión no se resuelve con datos porque no es una discusión sobre datos: es una discusión sobre lo que cada uno necesita creer para levantarse al día siguiente.
En los barrios, el mérito tiene formas concretas. Es el pibe que se recibe de técnico y arregla aires acondicionados en verano. Es la mujer que atiende un almacén desde las siete de la mañana y conoce el nombre de cada cliente. Es el que aprende un oficio por YouTube porque no tuvo plata para el curso. Nadie les da un diploma por eso. Pero cuando alguien dice que el mérito no existe, esos casos se convierten en una respuesta incómoda.
La palabra también sirve para dividir. La política la usa como bandera, los medios como titular, las redes como munición. En ese uso, el mérito deja de ser una experiencia y se vuelve un argumento. Y los argumentos, en la Argentina polarizada, no convencen a nadie: solo confirman lo que cada uno ya pensaba. El mérito se convierte en una forma educada de decir que el otro no se esforzó lo suficiente.
Lo que el Estado promete y lo que la familia sostiene
Hay una escena que se repite en muchas casas. Alguien llega con una noticia: un aumento, un título, un trabajo nuevo. La familia festeja. Después alguien pregunta cuánto va a durar. Y ahí empieza el silencio. Ese silencio no es pesimismo: es memoria. Es la memoria de otros momentos en los que la noticia fue buena y el final no acompañó.
El Estado aparece en esa conversación como una figura ambigua. A veces como garante de lo que el mérito debería valer: la escuela pública, la universidad, el hospital, la jubilación. A veces como una máquina que cobra por adelantado y responde tarde. La familia argentina aprendió a no esperar demasiado del Estado, pero tampoco a reemplazarlo. Sabe que sin escuela, sin salud, sin trabajo formal, el mérito personal se vuelve una anécdota.
La deuda, la inflación, la inseguridad y la falta de oportunidades no borran el mérito. Lo vuelven una pregunta abierta. ¿Mérito para qué? ¿Para salir de donde uno está o para no caer más abajo? Esa diferencia es enorme y casi nunca se discute con claridad. Se discute con gestos, con silencios, con frases que se dejan a medias en la mesa.
Una palabra que también es un espejo
Los jóvenes escuchan hablar del mérito con desconfianza. No porque no quieran esforzarse, sino porque vieron a sus padres esforzarse y no siempre ver resultados. La inteligencia artificial, las redes sociales y el consumo les ofrecen atajos y también espejismos. Un pibe que vende por internet puede ganar más que un profesional con título. Eso desordena la conversación. El mérito ya no tiene un solo camino ni una sola forma de medirse.
En ese desorden hay algo que se pierde y algo que aparece. Se pierde la ilusión de una carrera lineal, la idea de que estudiar veinte años garantiza un futuro. Aparece la necesidad de inventar, de combinar oficios, de aprender y desaprender. No es una épica. Es una forma de sobrevivir que a veces se confunde con mérito y a veces con suerte.
La palabra mérito no se va a ir. Va a seguir apareciendo en discursos, en notas, en discusiones de familia. Pero conviene mirar qué se hace con ella. Si se la usa para explicar por qué algunos llegan y otros no, se convierte en una condena. Si se la usa para reconocer el esfuerzo sin negar el contexto, puede ser otra cosa: una forma de nombrar la dignidad sin mentir sobre las condiciones que la hacen posible.
Tal vez el problema no sea el mérito en sí, sino la costumbre de usarlo como respuesta final. En un país donde todo cambia cada pocos meses, el mérito no explica nada por sí solo. Es una parte de la historia. La otra parte se escribe en la escuela, en el trabajo, en la calle, en la casa, en lo que el Estado hace o deja de hacer. Y en lo que cada familia decide contar cuando alguien pregunta cómo le fue.