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El país que negocia con el algoritmo

Mientras la inteligencia artificial se cuela en trabajos, escuelas y familias, la clase media argentina ensaya una resistencia silenciosa: aprender a convivir con máquinas que no piden permiso pero tampoco prometen milagros.

Artículo del autor27.09.2026

El país que negocia con el algoritmo

Imaginemos una situación hipotética: en una casa de clase media en Caballito, un chico de quince años le pide a una inteligencia artificial que le escriba un ensayo sobre la memoria. La madre, que estudió Letras, lo mira desde la puerta de la cocina. No dice nada. Después, cuando el chico se va a dormir, ella se sienta frente a la pantalla y le pregunta a la misma máquina cómo se escribe una carta de reclamo a un banco. La IA le responde en tres segundos. Ella copia, pega, cambia dos palabras y firma. Es una escena mínima, casi doméstica, pero condensa algo del presente: la tecnología ya no es una promesa lejana ni una amenaza abstracta. Es una herramienta que se usa en la cocina, en el trabajo, en la escuela, sin manual y sin permiso.

En Argentina, donde la inflación y la deuda pública son parte del paisaje cotidiano, la inteligencia artificial llega envuelta en un relato que mezcla oportunidad y desconfianza. No es lo mismo que en Silicon Valley. Acá, el algoritmo convive con el WhatsApp de la abuela, con el pago en efectivo, con la escuela que a veces no tiene internet. Y sin embargo, se filtra. En los comercios, los sistemas de facturación electrónica ya sugieren precios. En los bancos, los chatbots atienden reclamos. En las fábricas, los brazos robóticos no son novedad. La pregunta no es si la IA va a cambiar el trabajo, sino cómo se negocia ese cambio en un país donde el trabajo formal escasea y el mérito se mide en cuotas.

El trabajo de ser reemplazable

La clase media argentina tiene una relación ambivalente con la tecnología. Por un lado, la adoptó rápido: el celular es la oficina, el aula, el banco. Por otro, desconfía. Y esa desconfianza no es irracional. En un contexto de crisis, cada avance tecnológico se lee como una amenaza latente. Los que tienen un empleo estable temen que la automatización los deje afuera. Los que trabajan en negro, directamente no figuran en las estadísticas. La IA no discrimina: reemplaza tareas repetitivas, pero también creativas. Redacta notas, compone canciones, diagnostica enfermedades. No es un brazo más del capital, es una fuerza que redefine el valor del trabajo humano.

En ese marco, la dignidad se vuelve un campo de batalla. Para muchos, el trabajo no es solo un ingreso: es identidad, pertenencia, moral. La IA promete eficiencia, pero no ofrece sentido. Y ahí aparece una tensión que atraviesa a la familia argentina: los padres que valoran el esfuerzo, los hijos que crecieron con pantallas y respuestas instantáneas. La brecha no es solo generacional, es también de clase. Los que pueden pagar una suscripción a una IA avanzada juegan con ventaja. Los que no, quedan relegados a la versión gratuita, con límites y publicidad.

El Estado, ese otro algoritmo

Mientras el mercado avanza, el Estado mira de costado. No hay una política clara de inteligencia artificial en Argentina. Hay iniciativas sueltas, proyectos en universidades, algún programa piloto. Pero nada que se parezca a una estrategia. La educación pública, que debería ser el primer frente de batalla, sigue discutiendo si los celulares distraen. La inseguridad, la inflación, la deuda: los temas urgentes tapan el debate sobre el futuro del trabajo. Y así, la IA se cuela por la ventana, sin ley, sin debate, sin relato.

En ese vacío, los medios construyen su propio relato: la IA como salvación o como catástrofe. Los titulares oscilan entre el asombro y el pánico. Poco se habla de los grises, de los matices. De que la IA puede ser una herramienta de inclusión si se garantiza el acceso, o de exclusión si se deja librada al mercado. De que la verdad ya no se dirime entre humanos, sino entre algoritmos que aprenden de nuestros sesgos.

La soledad también juega su partido. En un país donde las redes sociales son el principal espacio de sociabilidad, la IA se ofrece como compañía. Hay chatbots que escuchan, que responden, que simulan empatía. Para muchos, es una prótesis emocional. Para otros, una trampa que profundiza el aislamiento. La pregunta es qué tipo de vínculos queremos construir. Si la familia, la escuela, el barrio, siguen siendo lugares de encuentro o si el algoritmo los reemplaza con una eficiencia fría.

Negociar, no rendirse

No hay que ser naif. La IA no es neutra. Responde a intereses, a corporaciones, a lógicas de poder. Pero tampoco es un destino manifiesto. En Argentina, país de crisis y reinvenciones, la negociación con el algoritmo ya empezó. En las aulas, algunos docentes la usan para preparar clases. En los talleres, los trabajadores la incorporan como una herramienta más. En las casas, las familias discuten para qué sirve y para qué no. Es una negociación desigual, llena de contradicciones, pero es una negociación al fin.

La clave está en no delegar. En preguntar quién controla los datos, quién diseña los sistemas, quién se beneficia. En exigir transparencia y educación. En recuperar la memoria de otros cambios tecnológicos que también parecían inevitables y terminaron siendo domesticados. La dignidad no se negocia con un algoritmo. Se construye con trabajo, con familia, con cultura, con Estado. Y con la obstinación de seguir creyendo que el mérito, la verdad y la identidad no son variables de ajuste.

Imaginemos, ahora, otra escena hipotética: la madre de Caballito, después de copiar y pegar la carta al banco, se queda pensando. Apaga la pantalla. Mira el cuaderno de su hijo, donde hay un ensayo escrito a mano, con tachaduras y flechas. Sonríe. Guarda el celular en un cajón. No es una rendición, es una pausa. Una forma de decir que la última palabra, por ahora, la seguimos teniendo nosotros.

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