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Los pibes que ya no piden permiso para empezar

Cada vez más jóvenes arman su primer trabajo fuera de los canales formales: venden por redes, reparan celulares, graban videos, hacen deliveries. Detrás de la autonomía hay una pregunta incómoda sobre el rol del Estado y el valor del título.

Artículo del autor17.10.2026

Los pibes que ya no piden permiso para empezar

Imaginemos una situación hipotética. Un pibe de veinte años, en una pieza con una notebook que ya tiene cuatro años de uso y una conexión que se corta dos veces por día, edita videos para un cliente que nunca vio en persona. Cobra en dólares por una billetera virtual, paga el alquiler de la casa de su madre con transferencia, y cuando le preguntan a qué se dedica duda. No es estudiante, no es empleado, no es monotributista. Es, en los papeles, nada. En la práctica, trabaja más horas que un gerente y gana lo suficiente para no pedir prestado, aunque no lo suficiente para proyectar.

Esa escena no es una rareza. Se repite en miles de cuartos, cocinas y living de la Argentina de la crisis. La pregunta que abre no es nueva, pero insiste: ¿qué hace el Estado con una generación que aprendió a trabajar antes de aprender a facturar? ¿Y qué hace esa generación con un sistema que le pide papeles para todo, menos para entender cómo se gana la vida hoy?

La ventanilla que no entiende de algoritmos

Hay una escena que se repite en oficinas públicas, en bancos, en consultorios: el joven que llega con un comprobante de pago de una plataforma digital y el empleado que le pide un recibo de sueldo. El papel no existe. La boleta de transferencia no tiene el formato esperado. El sistema no contempla que el ingreso sea variable, que el cliente sea anónimo, que la facturación sea mensual pero el pago sea por proyecto.

El Estado, que durante décadas organizó el trabajo en torno al recibo de sueldo y el aporte jubilatorio, ahora se encuentra con una fuerza laboral que se le escapa por las rendijas de la formalidad. No es que los pibes no quieran aportar. Es que el costo de entrada a la formalidad, en términos de tiempo, de requisitos y de impuestos, muchas veces supera el beneficio de estar en blanco. El mérito, ese valor que la clase media argentina repite como mandamiento, se vuelve una cuenta que no cierra.

La educación formal también queda descolocada. Un título universitario que llevó cinco años y una deuda emocional familiar no garantiza un empleo mejor pagado que el de un chico que aprendió a manejar redes en un taller de barrio. No se trata de despreciar la universidad, sino de reconocer que la promesa de que el esfuerzo se paga solo con un diploma ya no se sostiene. La juventud lo sabe y actúa en consecuencia.

La familia como última oficina de empleo

La familia, esa red que la crisis convirtió en refugio, también se adapta. Hay madres que prestan la cocina para grabar contenido, padres que hacen de cadetes, hermanos que comparten la cuenta de Mercado Pago. La economía doméstica se vuelve un ecosistema donde el trabajo informal se mezcla con el consumo, la deuda y el cuidado. La dignidad se juega en esos acuerdos mínimos: quién paga la luz, quién compra los datos del celular, quién cubre el faltante a fin de mes.

No todo es autonomía. Detrás de la imagen del joven emprendedor que factura por internet hay una soledad concreta: la de no tener obra social, la de no saber qué pasa si se enferma, la de no tener un jefe que le firme un papel para alquilar. La libertad de no pedir permiso tiene un costo que no siempre se nombra.

El relato que no termina de contarse

Los medios hablan de la generación de la IA, de los nativos digitales, de los creadores de contenido. Pero el relato queda corto. La manipulación y la polarización también atraviesan ese mundo: el algoritmo premia el atrevimiento, castiga la duda, y muchos jóvenes aprenden a vender una versión de sí mismos que no siempre coincide con lo que son. La identidad se vuelve un producto más.

Mientras tanto, el Estado discute planes, ajustes y deuda, pero no termina de diseñar un sistema que reconozca esas formas nuevas de trabajo. La pregunta no es solo cómo formalizar a los pibes que ya trabajan, sino qué tipo de protección social queremos para una sociedad donde el empleo estable dejó de ser la norma. Sin esa discusión, la crisis seguirá administrando la vida de una generación que, por ahora, aprendió a arreglárselas sola.

Queda una imagen posible: la de un joven que cierra la notebook a las tres de la mañana, mira el saldo de la billetera virtual y se pregunta si el mes que viene va a poder pagar el alquiler. No hay respuesta. Solo la certeza de que mañana va a volver a abrir la computadora, porque el trabajo, aunque no tenga papeles, ya forma parte de su vida.

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