Artículo del cuaderno

Manual de instrucciones para no entender nada

En la Argentina de la inflación y las pantallas, la clase media descubre que la confusión ya no es un accidente sino un método. Una crónica sobre cómo aprendemos a vivir sin entender.

Artículo del autor06.09.2026

Manual de instrucciones para no entender nada

En la mesa de un bar de la avenida Corrientes, un hombre de unos cuarenta años mira el teléfono con la cara de quien acaba de descubrir que el café le salió caro, pero todavía no sabe cuánto. No es que no entienda la cuenta: es que no entiende el momento en que el mozo la trajo. Tampoco entiende del todo por qué su primo, que vive a tres cuadras, opina que el Gobierno es una dictadura, mientras que su cuñado, que vive a dos, sostiene que es lo único que nos salva. Y mucho menos entiende por qué, si hace dos semanas el dólar estaba tranquilo, hoy tuvo que pedirle prestado a su hermana para llegar a fin de mes.

Podría decirse que ese hombre es el símbolo de una época, pero en la Argentina el símbolo siempre termina siendo un tipo que toma café frío y no sabe si el problema es el mundo o el termo. Lo cierto es que la confusión ya no es un estado pasajero: se volvió una forma de vida, una especie de clima que se respira en las conversaciones, en los grupos de WhatsApp y en las sobremesas donde alguien, tarde o temprano, tira una frase contundente y se queda tan pancho.

La novedad no es que no entendamos. La novedad es que aprendimos a no entender con método, con cierta disciplina. Hay un manual implícito que todos manejamos: primero, se elige un tema (la inflación, la inseguridad, la inteligencia artificial, la política). Después, se busca una explicación que cierre, aunque no cierre del todo, y se la defiende con la fuerza de quien defiende un gol en contra: a cara de perro, sin mirar los datos. Finalmente, cuando la realidad se empecina en contradecirnos, se cambia de tema o se sube el volumen de la tele.

No es un problema de falta de información. Nunca hubo tanta información dando vueltas, y justamente por eso entender se volvió más difícil. Cada dato viene con su contra-dato, cada estadística con su estadística enemiga, cada especialista con un especialista que lo desmiente en el mismo programa, dos segundos después. La verdad dejó de ser un lugar al que se llega: es una encrucijada donde uno se queda parado, mirando los carteles que apuntan para todos lados.

En la clase media, que siempre vivió de certezas prestadas (el trabajo, el esfuerzo, el estudio, el ascensor social), esta niebla tiene un efecto particular: la vuelve experta en convivir con lo que no entiende. Ya no preguntamos, porque la pregunta incomoda. Ya no dudamos, porque la duda se paga caro en el mostrador de las redes, donde todos tienen la respuesta y nadie tiene el problema. Entonces repetimos frases que escuchamos, pero que no sentimos, y las repetimos con tanta convicción que a veces nos creemos que son nuestras.

El otro día, en una reunión familiar, alguien dijo que la inteligencia artificial nos iba a sacar el trabajo a todos. Otra persona contestó que no, que iba a crear nuevos empleos, como siempre pasó. La discusión duró diez minutos y no hubo un solo dato sobre la mesa, pero todos salieron contentos, con la sensación de haber dicho algo importante. Nadie admitió que no había leído un artículo completo sobre el tema desde el título, que era lo único que había llegado a leer.

Así funcionamos: acumulamos títulos, no textos. Consumimos titulares como si fueran conclusión y no invitación a leer. Y después nos quejamos de que la realidad es compleja, como si la complejidad fuera un defecto de la realidad y no una condición de nuestra pereza.

Pero hay algo más profundo, algo que tiene que ver con la identidad y con el miedo a quedarnos afuera. En un país donde la historia se reescribe cada cuatro años y el relato se cambia como se cambia de canal, entender se volvió un lujo que no todos pueden pagar. Entender implica tiempo, y el tiempo se fue detrás de la plata que no alcanza. Implica leer, y la lectura compite con la urgencia de contestar mensajes. Implica aceptar que uno puede estar equivocado, y eso, en una sociedad que premia la firmeza y castiga la duda, es casi una herejía.

Recuerdo una escena de mi infancia: mi abuelo escuchaba la radio y, cuando algo no le cerraba, anotaba en un cuaderno. No sé si alguna vez lo abrió para verificar algo, pero el solo hecho de anotar era un acto de resistencia. Era la manera de decir: esto no me entra, pero lo guardo, porque capaz mañana le encuentro la vuelta.

Hoy no tenemos cuadernos, tenemos nubes. Y en las nubes no se guarda nada que no se pueda borrar con un dedo. La memoria se volvió una aplicación que se actualiza sola, y las dudas se archivan en la carpeta de spam, que nadie revisa.

No se trata de volver a un pasado idílico donde todos entendían todo, porque ese pasado nunca existió. Se trata de algo más modesto: aceptar que no entender es el punto de partida, no el punto de llegada. Que la confusión puede ser el principio de una pregunta y no el final de una conversación.

El hombre del bar ya se fue, dejó unos pesos sobre la mesa y salió a la calle, donde las luces de los locales titilan con mensajes contradictorios. Quizás en el camino se cruce con un cartel que anuncie una oferta que no es tal, o con un notero que le pregunte qué opina sobre un tema que no conocía hasta ese momento. Y va a opinar, porque opinar es gratis y no entender también.

La pregunta no es si vamos a entender algo alguna vez. La pregunta es si nos alcanza la vida para seguir fingiendo que sí.

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