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El portero que ahora pide DNI

En los edificios de Buenos Aires, la seguridad ya no se juega solo en la puerta: se juega en la pantalla del celular. Una crónica sobre cómo la tecnología, el miedo y la desconfianza redefinen la vida cotidiana y el trabajo de los porteros.

Artículo del autor30.09.2026

El portero que ahora pide DNI

El portero de un edificio de Barracas ya no usa la libreta de tapas duras. Ahora tiene un celular con una aplicación que registra cada visita, cada encomienda, cada movimiento. La empresa que la instaló promete seguridad y orden. Él, que hace veinte años que está en la misma garita, dice que la libreta era más rápida. Pero no se queja: sabe que el miedo de los vecinos es más fuerte que cualquier costumbre. Imaginemos una situación hipotética: un delivery llega con un paquete, el portero le pide el DNI, lo escanea con la cámara del teléfono, la aplicación valida la identidad y abre la puerta. Todo en menos de un minuto. El vecino recibe una notificación en su celular: "Su paquete llegó". No hay interacción humana, no hay saludo, no hay ese "gracias, maestro" que antes se decía al pasar.

La escena no es una excepción. En los barrios de clase media, la seguridad se volvió un servicio digital. Las empresas de monitoreo ofrecen paquetes que incluyen cámaras, sensores de movimiento y hasta reconocimiento facial. El portero, ese trabajador que durante décadas fue el guardián del edificio, ahora es un operador de sistemas. Su trabajo se mide en clics, en registros, en alertas. Y su salario, en muchos casos, sigue siendo el mismo. La paradoja es evidente: la tecnología promete eficiencia, pero también borra el vínculo. El portero ya no conoce a los vecinos por su nombre, los conoce por su número de departamento. La intimidad se convirtió en dato.

La seguridad como mercancía

La crisis económica y la inseguridad son el caldo de cultivo perfecto para que el miedo se transforme en negocio. Las empresas de seguridad privada facturan millones, mientras el Estado parece no alcanzar. En los edificios, la decisión de instalar un sistema de vigilancia se toma en asamblea, casi siempre con más miedo que información. Los vecinos aprueban el gasto porque sienten que no tienen otra opción. La consigna es "prevenir", aunque nadie sabe bien qué se previene. Se previene al otro, al desconocido, al que golpea la puerta. La desconfianza se vuelve moral: el que no está registrado es sospechoso. Y así, la vida cotidiana se llena de controles que antes hubieran parecido excesivos.

La clase media argentina, golpeada por la inflación y la deuda, encuentra en la seguridad un refugio. Pero ese refugio tiene un costo: la pérdida de la espontaneidad. Ya no se puede golpear la puerta de un amigo sin avisar. Ya no se puede dejar un paquete en la portería sin que quede registrado. La tecnología, que prometía liberarnos, nos encierra en una red de verificación permanente. El portero, que antes era un vecino más, ahora es un empleado de la vigilancia. Su dignidad laboral se diluye entre algoritmos y protocolos. ¿Quién controla al que controla? La pregunta queda flotando en el aire acondicionado de la garita.

El trabajo que se vuelve pantalla

Los porteros de edificios son testigos de la transformación. Muchos aprendieron a usar las aplicaciones a los apurones, con capacitaciones de una tarde. Otros, los más grandes, extrañan la libreta y el timbre. Pero se adaptan, porque el trabajo es el trabajo. La tecnología no les quitó el empleo, pero les cambió la esencia. Ya no charlan con el plomero, ahora le escanean el DNI. Ya no saben si el que entra es el novio de la chica del 4º B o un desconocido. La confianza se tercerizó. Y en ese gesto, algo de la vida en común se pierde. La soledad de la gran ciudad se acentúa: cada departamento es una isla, cada vecino un usuario. El portero, antes un puente, ahora es un guardia.

La inteligencia artificial promete reemplazar hasta ese último reducto humano. Ya existen edificios sin portero, con acceso biométrico y paquetería automática. La juventud, acostumbrada a las redes sociales, no extraña el saludo. Pero la memoria de los viejos añora el tiempo en que el portero sabía si estabas enfermo, si te había dejado la novia, si necesitabas un consejo. Esa memoria también es parte de la identidad del barrio. La tecnología avanza, pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué estamos dispuestos a perder en nombre de la seguridad? La respuesta no es fácil, y menos en un país donde la verdad se negocia a diario.

Mientras tanto, el portero sigue ahí, con su celular y su libreta guardada en un cajón. Mira la pantalla, ve las alertas, y a veces, cuando nadie lo observa, levanta la vista y saluda al vecino que pasa. Ese gesto mínimo, casi invisible, es una forma de resistencia. No hay algoritmo que lo registre. No hay notificación que lo avise. Pero ahí está, como un resto de humanidad en medio de la maquinaria. ¿Será suficiente?

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