El trámite que hacemos para demostrar que existimos
Imaginemos una situación hipotética. Una mujer de unos sesenta años entra a una farmacia de barrio con la receta en la mano. El farmacéutico le pide el número de afiliado. Ella lo tiene anotado en un papel, pero el sistema pide otra cosa: una clave, una validación, una foto del documento. La mujer mira el teléfono como quien mira un idioma que no habla. El farmacéutico suspira, le dice que no se preocupe, que vuelva mañana con alguien que la ayude. Ella sale con la receta doblada en cuatro y una sensación que no termina de nombrar.
Esa escena no es una estadística. Es una forma de la época. La vida cotidiana argentina se fue llenando de pequeñas validaciones que piden una identidad digital antes de ceder. No alcanza con ser quien uno es: hay que probarlo en el formato correcto. El Estado, las prepagas, los bancos, las escuelas, los servicios: todos piden una versión de nosotros que se pueda leer en una base de datos. La pregunta no es si conviene digitalizar. Es qué hacemos con la parte de la vida que queda afuera del formulario.
La validación como nueva puerta de entrada
Durante décadas, el trámite argentino tuvo una épica propia: la fila, el número, la ventanilla, el empleado que conocía a medio barrio. Era lento, arbitrario y a veces humillante. La digitalización prometió lo contrario: velocidad, transparencia, autonomía. En muchos casos lo cumplió. Hoy se puede pagar una factura, sacar un turno o renovar un documento sin salir de la casa. Quien tiene conexión, dispositivo y paciencia, gana tiempo. Quien no, queda en una zona gris que el sistema no termina de registrar.
Lo curioso es que la puerta digital no eliminó la burocracia: la trasladó. Antes el poder estaba en el que atendía la ventanilla. Ahora está en el que diseña la aplicación, en el que define qué campo es obligatorio y cuál se puede saltear. La validación se volvió un idioma administrativo que separa a los que lo hablan de los que no. Y esa separación no siempre coincide con el dinero, pero casi siempre coincide con la edad, la escolaridad y el tipo de trabajo.
Hay algo más incómodo: la validación no solo verifica. También archiva. Cada trámite deja un rastro, una huella, un dato que se suma a una versión nuestra que crece sin que la controlemos del todo. La identidad digital no es un reflejo de la identidad real: es una síntesis administrativa, una foto tomada en un momento, con las luces que el sistema eligió. Y esa foto empieza a tener consecuencias sobre la vida material: el acceso a un turno, a un crédito, a un subsidio, a una receta.
El mérito de saber usar el teléfono
En Argentina hablamos mucho del mérito, de la cultura del esfuerzo, de la idea de que cada uno llega hasta donde puede. La validación digital agregó una capa nueva a esa discusión: ahora también hay un mérito tecnológico, una destreza que no se enseña en la escuela y que se aprende como se puede. El pibe que sabe usar la app tiene una ventaja que no aparece en ningún boletín. La señora que no sabe queda en deuda con un sistema que la trata como si estuviera distraída.
No es una cuestión generacional pura. Hay jóvenes que se pierden en la maraña de claves y mayores que resuelven todo con una soltura envidiable. Pero el sesgo existe y tiene consecuencias. La validación digital funciona como un filtro que no fue votado por nadie y que no rinde cuentas. Y mientras el debate público se queda en la polarización de siempre, esa filtro silencioso sigue decidiendo quién entra y quién espera.
El Estado tiene aquí una responsabilidad que no se resuelve con una campaña de concientización. La accesibilidad no es un adorno: es la condición para que el sistema sea legítimo. Si la única forma de acceder a un derecho es a través de una aplicación que no todos pueden usar, entonces el derecho se volvió un privilegio con buena interfaz. Y eso, en un país donde la crisis ya castiga a los que menos tienen, es una forma nueva de la vieja desigualdad.
Lo que queda afuera del formulario
Hay una dimensión que la validación no captura: la dignidad. No la dignidad declamada en los discursos, sino la que se juega en la escena mínima de tener que pedir ayuda para completar un trámite. La persona que depende de un hijo, de un vecino o de un empleado para resolver algo que antes resolvía sola no solo pierde tiempo: pierde autonomía. Y esa pérdida no aparece en ninguna planilla, pero se acumula en el cuerpo y en el humor social.
La familia vuelve a aparecer como red de contención, como siempre. Los pibes les explican a los padres, los padres les explican a los abuelos, y así se arma una cadena informal que sostiene lo que el sistema no sostiene. Es una forma de solidaridad que no se declama y que rara vez se reconoce. Pero también es una carga desigual: siempre hay alguien que queda en el rol del que ayuda y alguien que queda en el rol del que necesita. Y esa asimetría, repetida, termina siendo una forma de poder doméstico.
La memoria también juega su parte. Los que crecieron con la libreta, el sello y la firma tienen una relación con el trámite que los más jóvenes no conocen. Para ellos, la validación digital es natural, casi invisible. Para los mayores, es una traducción constante, un esfuerzo que se hace con la sensación de que el mundo se les está yendo de las manos. No es nostalgia: es la constatación de que el idioma de la vida cotidiana cambió y no todos tuvieron tiempo de aprenderlo.
La pregunta que no se hace
Mientras discutimos si la inteligencia artificial va a reemplazar el trabajo o si las redes sociales nos manipulan, hay una pregunta más chica y más urgente: quién diseña el formulario. Quién decide qué campo es obligatorio, qué documento sirve, qué clave es válida. Esa decisión no es técnica: es política. Y define, en la práctica, quién existe para el sistema y quién no. La validación digital no es un detalle administrativo. Es una forma de escribir la realidad.
Tal vez el debate no sea cómo hacer que todos usen la app, sino qué pasa cuando alguien no puede o no quiere. Si el sistema solo funciona para los que se adaptan, entonces no es un sistema: es un filtro. Y un filtro que no rinde cuentas termina siendo una forma silenciosa de exclusión. La escena de la farmacia no es una anécdota: es una advertencia. La mujer de la receta doblada no es un caso aislado. Es la parte de la Argentina que el formulario no termina de registrar. Y esa parte, aunque no aparezca en la pantalla, sigue estando.