El país que discute con la máquina que le escribe el currículum
Hay un momento que se repite en muchas casas argentinas y que casi nadie cuenta en voz alta. Alguien se sienta frente a la computadora a las once de la noche, abre un procesador de texto y se queda mirando la pantalla en blanco. Tiene que escribir un currículum, responder un mail de una consultora o preparar una respuesta para una entrevista laboral que probablemente sea virtual. Y en algún punto, antes de escribir la primera línea, abre una pestaña con una inteligencia artificial y le pide que lo haga por él.
No es vagancia. Es una forma nueva de resolver una vieja incomodidad argentina: la de hablar de uno mismo en el idioma del mercado laboral. Ese idioma siempre fue ajeno. La IA lo volvió, además, automático. El resultado suele ser impecable. Y ahí empieza el problema.
El currículum que no se parece a nadie
Un currículum escrito por un modelo entrenado en inglés y traducido al español rioplatense suena prolijo pero neutro. Dice «proactivo», «orientado a resultados», «capacidad de adaptación al cambio». Palabras que no significan nada y que, sin embargo, funcionan. Pasan el filtro automático de las consultoras, que también es una máquina. Entonces la trampa se cierra: la IA escribe para otra IA, y el humano queda en el medio, mirando cómo su vida laboral se traduce a un idioma que no reconoce.
Imaginemos una situación hipotética: un pibe de Lanús que trabajó seis años en una ferretería, que sabe leer un stock mejor que un sistema, que aprendió a tratar con clientes difíciles sin que le enseñara nadie. Le pide a la IA que arme su currículum. Lo que sale es un texto donde la ferretería desaparece y aparece «gestión de inventario y atención al cliente en entorno minorista». La experiencia está, pero la persona no. El relato lo escribió otro. Y ese otro no conoce el barro de la calle, ni los precios que cambian dos veces por semana, ni la cara del patrón cuando no hay para pagar los sueldos.
La discusión pública sobre inteligencia artificial en Argentina suele quedarse en la superficie: si reemplazará empleos, si los chicos copian con ChatGPT, si hay que regularla. Son preguntas válidas, pero esquivan algo más incómodo. La IA no solo reemplaza tareas. Reemplaza voces. Y en un país donde el trabajo fue durante décadas una forma de identidad, entregar la voz tiene consecuencias que todavía no terminamos de medir.
La dignidad no se terceriza
Hay una escena que se volvió habitual en las entrevistas laborales. El candidato llega con un discurso aceitado, aprende respuestas modelo, ensaya frente al espejo lo que la IA le dijo que dijera. Y cuando el entrevistador le pregunta algo que no estaba en el guion, algo simple, humano, como por qué dejó el trabajo anterior, se queda sin palabras. Porque las palabras no eran suyas. Eran prestadas.
No se trata de demonizar la herramienta. La IA permite que alguien que nunca escribió una carta de presentación pueda hacerlo en veinte minutos. Eso es una forma concreta de igualar oportunidades en un país donde la educación formal llegó tarde y desigual a muchos hogares. Pero hay una diferencia entre usar la herramienta para ordenar lo que uno ya sabe y dejar que la herramienta invente lo que uno no se anima a decir.
El trabajo en Argentina siempre estuvo atravesado por la crisis, la inflación, la deuda, la inseguridad, los medios que construyen relato y una política que promete lo que no puede cumplir. En ese contexto, la IA aparece como una salida rápida: escribime esto, decime qué contestar, armame un plan. La respuesta llega en segundos. Y uno se acostumbra. Pero la costumbre tiene un costo: cada vez cuesta más encontrar la propia voz sin pedirle permiso a una máquina.
Lo que se pierde cuando nadie escribe a mano
Hay algo que la IA no puede hacer y que quizás sea lo único que nos queda como país: contar cómo se vive acá. La inflación que te obliga a recalcular el sueldo cada semana, la familia que se sostiene con changas, la moral que se negocia todos los días, la juventud que emigra o se queda, la memoria de los que ya no están, la soledad de los que trabajan solos frente a una pantalla. Eso no está en ningún dataset. O está mal contado.
La verdadera pregunta no es si la IA va a reemplazar el trabajo argentino. Es qué pasa cuando el relato del trabajo argentino lo escribe una máquina entrenada en otro país, con otras urgencias, otra historia, otra idea de lo que significa vivir con lo justo. La manipulación ya no viene solo de los medios o de la política. Viene también del texto que aceptamos sin discutir porque suena bien.
En las redes sociales, el mérito se exhibe. En las entrevistas, se actúa. En el Estado, se promete. En la calle, se aguanta. Y en el medio, millones de personas escriben currículums que no las representan, responden mails que no escribirían, preparan discursos que no les pertenecen. La dignidad, esa palabra que tanto se usa en los discursos, empieza por poder decir lo que uno es con las palabras que uno tiene. Aunque sean torpes. Aunque tengan errores. Aunque no pasen el filtro automático.
La pregunta queda abierta, incómoda, sin moraleja: si le delegamos la voz a la máquina para conseguir trabajo, ¿qué parte de nosotros va a quedar trabajando?