Los que escriben cartas para una inteligencia artificial
Hay un trabajo que todavía no tiene nombre en las planillas de sueldo y que, sin embargo, cada vez más gente hace desde su casa, en una pieza con la luz prendida hasta tarde. Consiste en leer lo que escribió una inteligencia artificial y arreglarlo. No para que diga otra cosa, sino para que suene a alguien. Para que no se note el andamiaje. Para que la frase no termine donde debería empezar.
Imaginemos una situación hipotética. Una mujer de Lanús, cuarenta y dos años, profesora de lengua, recibe cada mañana una tanda de textos generados por un sistema automático. Ella los revisa, los corrige, los reescribe. Le pagan por palabra corregida. No sabe quién los publica ni a quién le hablan. Solo sabe que su tarea es devolverles un poco de torpeza, de respiración, de error humano. Lo que antes se llamaba estilo ahora se llama control de calidad.
La escena tiene algo de parábola laboral. Durante años, la discusión sobre la inteligencia artificial giró alrededor de los trabajos que iba a eliminar. Menos se habló de los trabajos que iba a crear, y menos todavía de la naturaleza de esos trabajos: tareas de cuidado, de corrección, de limpieza. Oficios que consisten en reparar lo que la máquina rompe sin darse cuenta. Como si el progreso técnico necesitara, para funcionar, un ejército silencioso de personas que le enseñan modales.
Lo que la máquina no sabe que no sabe
Hay algo casi conmovedor en esa tarea. La inteligencia artificial escribe rápido, no se cansa, no se distrae. Pero no sabe cuándo una frase suena falsa. No sabe cuándo un personaje diría algo distinto. No sabe que en Argentina decir «te recontra» o «ni en pedo» tiene un peso que ninguna gramática formal registra. Ese saber, que durante décadas se transmitió en las cocinas y en los recreos, hoy se vende por hora a plataformas que lo usan para que sus productos suenen humanos.
La paradoja es incómoda. La clase media argentina, golpeada por la inflación y la deuda, encontró en la corrección de textos un refugio. No es un trabajo estable ni bien pago. Es un rebusque más, como vender por internet o dar clases particulares. Pero tiene una particularidad: quien lo hace pone en juego su memoria, su cultura, su manera de hablar. Y lo hace para que una máquina pueda imitarla.
Imaginemos otra situación hipotética, esta vez en Córdoba. Un joven de veinticinco años, estudiante de Letras, acepta un contrato por hora para entrenar a un modelo de lenguaje. Le piden que escriba ejemplos de diálogos familiares, de discusiones de pareja, de charlas de bar. Le pagan por sesión. Él escribe lo que recuerda, lo que escuchó, lo que él mismo diría. Cuando termina, firma un consentimiento y entrega su voz. La máquina aprenderá a sonar como él, y él seguirá cobrando por hora.
No hace falta exagerar el drama. Nadie está perdiendo el alma en una oficina. Pero hay algo en esa dinámica que merece atención: el trabajo de enseñarle a una máquina a hablar como uno es un trabajo que se paga poco y que, además, despoja al trabajador de lo único que tenía para ofrecer. Su manera de decir las cosas.
El relato del progreso y sus costureras
Cada revolución tecnológica tuvo sus costureras. Las que cosían los bordes que la máquina dejaba abiertos. Las que remendaban. En la Argentina de hoy, esa tarea se hace con palabras. Y la hace gente que, en muchos casos, no tiene otra cosa que hacer con su formación humanística. Profesores, traductores, periodistas, estudiantes de filosofía. Gente que sabía leer y escribir bien y que, de pronto, descubre que eso tiene un precio de mercado, pero un precio bajo.
La manipulación, en este caso, no es evidente. No hay un relato oficial que diga: «Usá tu cultura para que la máquina nos reemplace mejor». Simplemente sucede. Las plataformas ofrecen dinero, la gente acepta, y el resultado es un sistema que aprende a hablar como hablábamos nosotros. Después, ese sistema se usa para escribir noticias, correos, guiones, respuestas automáticas. Y nosotros, los que fuimos entrenadores, quedamos del otro lado, leyendo algo que suena conocido pero que ya no escribimos nosotros.
Hay una pregunta que no termina de formularse en los medios ni en las campañas políticas. ¿Qué pasa con la dignidad de un trabajo que consiste en volverse prescindible? Porque eso es lo que se hace, en el fondo: enseñarle a la máquina a hacer lo que uno hace, para que después lo haga sola. No es una traición ni una ingenuidad. Es una necesidad. La inflación no espera. La deuda no perdona. Y el Estado, mientras tanto, discute otras cosas.
Lo que queda cuando la voz se delega
La escena se repite en muchos hogares argentinos. Una computadora encendida, una taza de mate, una persona corrigiendo frases que no escribió. Afuera, la ciudad sigue con su ruido, con sus chapas, con sus discusiones sobre política y fútbol. Adentro, alguien le enseña a una máquina a decir «che» o «dale» con la entonación correcta. Es un trabajo silencioso, mal pago, y sin embargo indispensable para que el sistema funcione.
No se trata de romantizar la resistencia ni de demonizar la tecnología. Se trata de mirar lo que pasa en los márgenes del trabajo cuando la crisis aprieta. Hay una juventud que estudia carreras humanísticas y descubre que su futuro laboral es corregir a un algoritmo. Hay una memoria cultural que se usa como insumo. Hay una identidad que se delega, palabra por palabra, a cambio de un pago por hora.
La pregunta, al final, no es si la inteligencia artificial va a reemplazarnos. La pregunta es qué hacemos con lo que le enseñamos. Porque una vez que la máquina aprende a hablar como nosotros, ¿quién va a corregirla? ¿Y quién nos va a corregir a nosotros, que ya no sabemos si hablamos como queremos o como nos conviene?