El país que dejó de creer en las palabras
Hay una escena que se repite en las mesas argentinas. Alguien dice una palabra y otro levanta la vista, incrédulo. No es una discusión acalorada, es un gesto mínimo: la sospecha. La palabra ya no significa lo que decía el diccionario. Se ha vuelto un campo minado. En la crisis, el lenguaje es lo primero que se devalúa.
La inflación nos enseñó a leer los precios con desconfianza. Pero hay otra inflación, menos visible, que corroe la convivencia: la de las palabras. Los medios repiten consignas, las redes amplifican rumores, la política se hace de eslóganes. Y en el medio, la clase media intenta distinguir lo verdadero de lo falso con herramientas cada vez más gastadas.
No es un fenómeno nuevo. La manipulación del lenguaje es tan vieja como el poder. Pero en la era de las redes sociales y la inteligencia artificial, la escala cambió. Antes, un relato se construía desde unos pocos micrófonos. Ahora, cualquiera puede fabricar una verdad paralela y lanzarla al ruedo. El resultado no es que todos mientan, sino que nadie sabe a quién creerle.
La verdad como mercancía
En ese contexto, la verdad se volvió una mercancía. Se compra, se vende, se negocia. Los medios viven de la atención, y la atención se consigue con escándalo. No importa tanto informar como impactar. Así, la noticia se confunde con la opinión, la opinión con el prejuicio, y el prejuicio con la identidad. Cada uno elige su canal, su diario, su influencer, y arma un rompecabezas donde todas las piezas encajan. La polarización no es solo política: es cognitiva.
Mientras tanto, la educación pública, ese lugar donde se aprendía a leer el mundo, pierde terreno. No solo por falta de presupuesto o por los conflictos gremiales. También porque la escuela compite con pantallas que ofrecen certezas rápidas y emociones fuertes. Enseñar a dudar, a preguntar, a chequear, se volvió una tarea heroica. Y muchos docentes la llevan adelante sin reconocimiento, casi en silencio.
La desconfianza tiene consecuencias concretas. En el trabajo, en la familia, en el barrio. Si no puedo creer lo que me decís, ¿cómo coordinamos? La crisis económica ya nos había enseñado a desconfiar del otro: del que te vende, del que te emplea, del que te gobierna. Ahora desconfiamos también de las palabras. Y sin palabras compartidas, la vida en común se vuelve un malentendido permanente.
El relato que nos falta
Hay quienes dicen que todo es relato. Que la verdad no existe, que solo hay interpretaciones. Es una idea peligrosa, sobre todo cuando la usan los que tienen poder para imponer su versión. Pero también es una excusa cómoda para no buscar hechos. La verdad existe, aunque sea esquiva. Se puede verificar, contrastar, discutir. El problema es que ya casi nadie tiene tiempo ni ganas. La crisis nos tiene corriendo detrás del mango, y la atención es un lujo.
En ese vacío, florecen los atajos. La inteligencia artificial puede escribir un discurso, una noticia, un tuit. No distingue entre verdad y mentira: solo entre lo que funciona y lo que no. Y lo que funciona, en términos de engagement, suele ser lo que indigna, lo que divide, lo que confirma nuestros sesgos. Así, la tecnología que prometía liberarnos nos encierra en burbujas donde escuchamos solo nuestra propia voz.
La soledad de la era digital no es solo afectiva. Es también epistémica. Estamos solos con nuestras creencias, sin nadie que nos contradiga. La polarización nos da una identidad, un bando, un enemigo. Pero nos quita la posibilidad de entender. Y sin entendimiento, la democracia se vuelve una guerra de relatos donde gana el más ruidoso, no el más razonable.
¿Cómo se sale de esto? No hay recetas. Pero hay gestos. Volver a leer, a chequear, a preguntar. Recuperar la conversación cara a cara, esa que no admite bloques ni cancelaciones. Enseñar en las escuelas que dudar no es debilidad, sino inteligencia. Y sobre todo, no renunciar a la idea de que hay hechos, aunque nos cueste aceptarlos.
La palabra dignidad, tan mentada, también se juega en el lenguaje. Tratar al otro como alguien capaz de entender, de discutir, de cambiar de opinión. Eso es respeto. Y en un país donde la crisis nos empuja a la grieta, el respeto es un acto de rebeldía.
Tal vez la pregunta no sea quién tiene la verdad, sino qué hacemos con las palabras que nos quedan. Si las usamos para construir o para destruir. Si las usamos para escuchar o para vencer. En esa elección cotidiana, mínima, se juega algo más que una discusión: se juega la posibilidad de seguir viviendo juntos.