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El país que ya no sabe cuánto cuesta un abrazo

Mientras la economía se mide en dólares y las redes en likes, hay un precio que no aparece en ninguna planilla: el de la cercanía. Una crónica sobre lo que la crisis le hace al afecto cotidiano.

Artículo del autor07.10.2026

El país que ya no sabe cuánto cuesta un abrazo

Imaginemos una situación hipotética: una mesa de luz en un departamento de dos ambientes. Sobre la mesa hay un frasco de vidrio con monedas de distintos tamaños. No son ahorros. Son las monedas que quedaron de las compras del día, las que no alcanzaron para nada, las que se guardan por si acaso. Al lado, un celular vibra con un mensaje de un familiar que vive a quince cuadras. Dice: «¿cómo va todo?». La persona que recibe el mensaje lo lee, sonríe, y no contesta. No puede explicar que todo va mal, que la plata no alcanza, que el trabajo zafó por poco. Entonces deja el teléfono boca abajo y sigue lavando los platos.

Esa escena mínima, repetida en miles de casas argentinas, no es una escena de pobreza extrema ni de desesperación. Es una escena de clase media que aprendió a administrar el silencio. La crisis no solo se mide en inflación, deuda o consumo. También se mide en la cantidad de cosas que dejamos de decir para no preocupar a los demás, para no deber favores, para no quedar en evidencia.

El afecto como moneda de cambio

Hay una idea instalada en el sentido común: que en la Argentina, cuando las cosas se ponen difíciles, la familia y los amigos se vuelven un refugio. La frase suena bien. Pero la crisis también hace otra cosa: convierte el afecto en una carga. Pedir ayuda cuesta. Aceptar un préstamo de un hermano, de un amigo, de un vecino, implica una deuda moral que no se paga con billetes. Y en un país donde la dignidad se juega todos los días en la calle, en la cola del banco, en la reunión de consorcio, endeudarse con alguien cercano puede ser más pesado que endeudarse con un banco.

La clase media argentina tiene una relación particular con la apariencia. No es solo una cuestión de estatus. Es una cuestión de identidad. Durante décadas, ser de clase media significó tener un trabajo, una casa, un auto, unas vacaciones. Hoy esa definición se desarmó. Y sin ese marco, cada gesto de cercanía se vuelve sospechoso. ¿Me llama porque me quiere o porque necesita algo? ¿Me ofrece plata porque le sobra o porque le preocupa? La pregunta no es nueva, pero la crisis la vuelve más filosa.

Los medios y las redes sociales amplifican esa sospecha. Mientras las pantallas muestran emprendedores que facturan en dólares, influencers que recomiendan inversiones y políticos que discuten el déficit fiscal, la vida cotidiana se organiza alrededor de cálculos que no se comparten. El relato de la meritocracia convive con la experiencia de la dependencia. Y en ese cruce, la soledad se vuelve una forma de protección.

La tecnología como intermediaria

La inteligencia artificial y las aplicaciones de mensajería prometen acercar. Pero también ofrecen una salida elegante: la posibilidad de estar sin estar. Un mensaje de voz puede reemplazar una llamada. Un sticker puede reemplazar un abrazo. Un «me encargo» puede reemplazar un «te acompaño». La tecnología no inventó la distancia, pero la hizo más cómoda. Y en un país donde el tiempo y la plata escasean, la comodidad tiene su precio.

Hay algo de paradoja en todo esto. Nunca fue tan fácil comunicarse. Nunca fue tan difícil decir la verdad. La manipulación, el relato, la polarización, todas esas palabras que usamos para describir la política, también describen la intimidad. En la mesa familiar, en el grupo de WhatsApp del barrio, en la conversación con un amigo de toda la vida, se juega una pulseada entre lo que se muestra y lo que se calla.

La moral también se corre de lugar. Lo que antes era vergüenza hoy es estrategia. Pedir un descuento, cambiar un paquete de fideos por otro, aceptar un plan social, todo eso dejó de ser una marca de fracaso para convertirse en una prueba de inteligencia práctica. Pero el mérito sigue siendo una palabra que se pronuncia con cuidado. Porque si todo depende del esfuerzo individual, ¿cómo se explica que a tantos no les alcance?

La memoria del gesto

En los barrios hay una memoria que no se escribe. Se transmite en los gestos. El vecino que te alcanza el pan cuando no abriste. La vecina que te guarda el diario. El almacenero que anota en una libreta lo que llevás fiado. Esa memoria no es nostálgica. Es funcional. Sostiene una red que el Estado no siempre llega a cubrir y que el mercado no considera rentable.

Pero esa red también se está agotando. La inseguridad, real o percibida, hace que la gente desconfíe del que tiene al lado. La polarización política convierte al vecino en adversario. La inflación obliga a cada uno a cuidar lo suyo. Y así, el barrio deja de ser un lugar de encuentro para convertirse en una suma de casas con rejas.

La juventud lo ve con más claridad. Los pibes que crecieron con pantallas y sin estabilidad laboral no esperan que el Estado les resuelva la vida. Tampoco esperan que la familia lo haga. Aprenden a moverse en un mundo donde la identidad se construye en las redes y la dignidad se negocia todos los días. Para ellos, el afecto no es un refugio. Es un recurso. Y como todo recurso, se administra.

¿Cuánto cuesta un abrazo? La pregunta no tiene respuesta. No hay cotización, no hay índice, no hay planilla que lo mida. Pero en la Argentina de hoy, ese gesto mínimo se volvió una forma de resistencia. Contra la soledad, contra la manipulación, contra la idea de que todo se compra y se vende. Quizás por eso, cuando alguien contesta ese mensaje que decía «¿cómo va todo?», no importa tanto lo que dice. Importa que contestó.

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