Artículo del cuaderno

El ruido que dejamos de escuchar

En la Argentina de la crisis y las pantallas, la clase media aprende a convivir con un zumbido de fondo que ya no distingue: la inflación, las notificaciones, el miedo. Una crónica sobre lo que se pierde cuando el ruido se vuelve normal.

Artículo del autor29.09.2026

El ruido que dejamos de escuchar

Hay un ruido que no se apaga. No es el de la calle, ni el de la heladera, ni el del vecino que taladra un domingo. Es un zumbido más sutil, una mezcla de notificaciones, titulares que se contradicen, precios que cambian mientras se hace la fila del supermercado. Un ruido que la clase media argentina aprendió a no escuchar, como se aprende a no escuchar el tren que pasa cerca de casa. Uno se acostumbra. Y ahí empieza el problema.

Imaginemos una situación hipotética: una mujer de unos cuarenta años, empleada administrativa, vuelve del trabajo en colectivo. Revisa el celular. Tiene catorce mensajes de WhatsApp, tres notificaciones de una app de noticias, un recordatorio del banco por un vencimiento, y un audio de su madre que dice que no puede creer lo que aumentó la luz. La mujer suspira, guarda el teléfono y mira por la ventana. No piensa en nada. Solo mira los árboles pasar. Ese momento de silencio, mínimo, es lo único que le queda de un día que empezó a las seis de la mañana.

No es una escena excepcional. Es la vida cotidiana de millones. Y en esa cotidianidad, el ruido dejó de ser un accidente para convertirse en el ambiente. La inflación es un ruido. La inseguridad es un ruido. La polarización política es un ruido. Las redes sociales son un ruido. La deuda, el trabajo que no alcanza, la familia que reclama, el Estado que no responde. Todo suena al mismo volumen. Y cuando todo suena igual, nada se distingue.

La normalización del zumbido

Hay una escena que se repite en miles de cocinas argentinas. Alguien abre la alacena, mira los precios de lo que compró la semana pasada y hace un cálculo mental. No se queja. No se enoja. Solo calcula. Ese gesto, repetido hasta el cansancio, es una forma de adaptación. La crisis dejó de ser una emergencia para volverse una rutina. Y las rutinas no se cuestionan: se ejecutan.

La clase media argentina aprendió a vivir con un nivel de incertidumbre que en otros países sería motivo de crisis nacional. Acá es martes. El trabajo informal, el segundo empleo, el monotributo que se paga con lo que sobra, la familia que ayuda, el amigo que presta. Todo eso es parte del mismo zumbido. Un zumbido que no permite pensar a largo plazo porque el largo plazo es un lujo que no se puede pagar.

Los medios de comunicación amplifican ese ruido. No lo crean, pero lo amplifican. Cada titular es una alarma. Cada panel de televisión es una pelea. Cada red social es un tribunal. Y en medio de ese estruendo, la verdad se vuelve una mercancía más: se compra, se vende, se manipula. La manipulación no siempre es mentira. A veces es solo exceso. Demasiada información, demasiado rápido, demasiado fuerte. Hasta que el cerebro se satura y deja de procesar.

Ahí aparece la soledad. No la soledad de estar solo, sino la de estar rodeado de ruido y no poder hablar con nadie. La polarización convirtió cada conversación en un campo de batalla. Uno no puede decir que está cansado sin que alguien le recuerde que hay gente peor. No puede decir que le duele algo sin que le contesten con una estadística. No puede dudar sin que lo acusen de traidor. Entonces uno se calla. Y el silencio, que debería ser un alivio, se vuelve otro ruido: el ruido de lo que no se dice.

Lo que el ruido tapa

Hay algo que el ruido tapa y que tiene que ver con la dignidad. La dignidad no es un cartel ni un discurso. Es la posibilidad de proyectar, de elegir, de descansar. Es poder decir: hoy no hago nada y no pasa nada. En la Argentina del zumbido permanente, esa posibilidad es casi inexistente. La juventud lo sabe. Los pibes que terminan el secundario y no saben si van a poder estudiar, trabajar o quedarse. Los que emigran. Los que se quedan y resisten. Los que aprenden a convivir con la inteligencia artificial como una herramienta más, sin dejar de desconfiar.

La tecnología promete ordenar el ruido. Aplicaciones que organizan la vida, asistentes que responden, algoritmos que predicen. Pero también lo multiplican. Cada notificación es una demanda. Cada mensaje es una obligación. Cada like es una pequeña dosis de aprobación que dura lo que un suspiro. Y así, el ruido se vuelve adictivo. Uno lo busca. Uno lo necesita. Uno no sabe estar sin él.

La cultura también hace lo suyo. Las canciones, las series, los memes. Todo habla del mismo ruido. De la crisis, del aguante, del ingenio para sobrevivir. Y está bien. Es una forma de memoria, de identidad. Pero a veces sospecho que esa misma cultura, que celebra la resistencia, también la naturaliza. Como si aguantar fuera un mérito en sí mismo. Como si el solo hecho de seguir parado fuera suficiente. Y no lo es. O no debería serlo.

El mérito, ese concepto tan mentado, se vuelve esquivo. Porque en un país donde el esfuerzo no siempre rinde, donde el trabajo no siempre alcanza, donde el Estado a veces está y a veces no, el mérito se confunde con la suerte. Y la suerte no se enseña en la escuela. La escuela, mientras tanto, hace lo que puede. Docentes que ponen el cuerpo, alumnos que llegan con hambre, aulas sin calefacción. La educación, que debería ser el lugar donde el ruido se ordena, muchas veces es solo otro escenario del mismo zumbido.

¿Qué queda entonces? Queda la memoria. La memoria de un país que supo tener otras reglas, otros silencios. No mejores, distintos. Queda la familia, ese núcleo que a veces es refugio y a veces es otra fuente de ruido. Queda el trabajo, cuando se tiene. Queda el consumo, como una forma de pertenencia que dura lo que dura el envase. Queda la calle, el barrio, el quiosco, el almacén. Quedan los gestos mínimos: un mate compartido, una charla en la vereda, un partido de fútbol en la plaza.

Y queda, sobre todo, la pregunta. ¿En qué momento dejamos de escuchar el ruido? ¿Cuándo fue que la crisis se volvió paisaje, la inflación se volvió clima, la mentira se volvió costumbre? No hay una respuesta única. Pero el solo hecho de formular la pregunta es un modo de resistir. Un modo de bajar el volumen. Un modo de recordar que, debajo de todo ese estruendo, todavía hay algo que merece ser escuchado. Algo que no es el ruido. Algo que, por ahora, no tiene nombre.

Seguir leyendo

Artículos relacionados

El ruido de las certezas

En una Argentina donde la inflación y las redes sociales fabrican certezas instantáneas, la clase media se encuentra más sola que nunca, atrapada entre la deuda de la tarjeta y la moral del like.

clase media inflación redes sociales

La soledad del que apuesta

En una Argentina donde la inflación y el ruido digital lo impregnan todo, la clase media se enfrenta a una paradoja: cuanto más invierte en mérito y trabajo, más sola queda la decisión.

clase media mérito inflación

La clase media que ya no espera nada del Estado

En un país donde la inflación devora el sueldo y la deuda se acumula como un mueble viejo, la clase media argentina aprende a vivir sin pedirle nada a nadie. Entre la cocina y la pantalla, la política se vuelve ruido de fondo.

clase media crisis argentina identidad
Último libro · El país que no supimos continuar · Conocelo →